JOSÉ EMILIO PACHECO
1 DE 3 PARTES

Por Rigoberto Guzmán Arce: 1.-Impresiona su dedicación, todos los días y las noches respirando literatura, en sus múltiples facetas, el cuento, la novela, poesía, ensayos, traducciones, y sobre todo la columna cultural que deja huella inmortal, su querido y entrañable Inventario en Excélsior y Proceso. Fue un descubrimiento en mi adolescencia, su sobriedad y profundidad de su columna, pronto me llamó la atención y rápido quedé prendido que era de los primeros escritos que leía de la revista. Larga la lista de temas históricos, vida y obra de poetas, desmenuzar libros, cazador de obras, cercanías de versos clásicos y sobre todo T. S. Eliot, su preferido. Recuerdo que me impactó leer el ¿qué pasaría si México hubiera sido poderoso y Estados Unidos el país pobre?, todo al revés la migra mexicana siguiendo a los mojados gringos. Resultó un detonante para mi relación de la historia y la literatura con dosis de imaginación. No supe el momento que tuve en mis manos y ojos la novela corta Las batallas en el desierto. La portada donde una bella mujer con vestido, está sentada y en posición sensual, y de ojos cubiertos con una cinta negra de censura. Un paseo por aquella Ciudad de México en la época de Miguel Alemán Valdez, en los cuarentas, un niño llamado Carlitos enamorado de la madre de su amigo y el ambiente, el estilo, la manera de vivir en aquellos años cuando comenzaba la depredación de vastos territorios vírgenes así como la vida rutinaria se daban los primeros remolinos de la llamada modernidad, destruyendo por dinero. Desde esos momentos lo busqué afanosamente. Aquí en esta mañana de jueves ingreso a mi muro, a la ventana de la red social de Facebook y tengo agregado su vínculo, el enlace de Textos a la deriva, la inmensa obra de José Emilio Pacheco, que en uno de los años pasados lo conocí en vivo y lo saludé de mano y conversamos como diez minutos para aconsejarme que escribiera poesía de lo que me diera mi regalada gana, mientras me firmaba el libro de poemas El Silencio de la Luna. Se sostenía con un bastón y daba señales de vejez, canoso, lentes gruesos y sin facilidad de hablar fluido, se tropezaba en sus pensamientos, porque mientras explicaba un tema ya tenía otro episodio o autor en la lista de desespera mental. Daba una conferencia de todo, acompañado de uno de sus mejores aliados y amigos, de una generación cultural que posiblemente no se repita, Carlos Monsiváis. Los espectadores los idolatraban como famosos escritores que son, yo los veía con admiración por la calidad humana que tienen y el amor a la palabra que uno sueña y quiere alcanzar. Salí encantado y la noche se me hizo distinta, en mi sangre ya estaban naciendo mis versos, el descubrimiento que solamente con sacrificio, tiempo dedicado, entrega total, como si fuera la verdad en declararte apasionado, “sentipensante”, sentir con el cerebro y pensar con el corazón, como la entrega a la novia que ansioso estás por tenerla en tu respiración y territorio verbal. Aunque confieso que ya no fui el mismo, pero con tropiezos lingüísticos, errores semánticos, brújulas al sur, traslaciones torpes en frases, líneas en órbitas irregulares, así siguió mi planeta emocional hasta estos días de agosto. Buscando y no encontrar, encontrando y perderlo, tenerlo y desaparecerlo, el ciclo literario que me otorga el tiempo y el espacio cuando ya el amanecer dejó de ser una tentación y que se transforma en una utopía que aún no invento la frase que me haga vivir y morir feliz.
2.- Las iniciales JEP, era la firma de la terminación del escrito, el resultante del Inventario declarado, la consecuencia de tantas noches trabajando en el estudio de su casa en la colonia de la gran ciudad. Como un espectro que escribía, leía, caminaba leyendo, teniendo a su esposa como confidente y que Cristina Pacheco le echaba porras cuando él decía que no iba a poder iniciar, desarrollar y terminar el escrito encomendado. Vio el castillo de revistas, libros, folletos en su escritorio para despellejar a Samuel Beckett, escritor europeo del fatalismo: “no, no voy a poder, habla a la revista y diles que esta vez no voy a mandar mi entrega semanal”. Su esposa: “sí, sí puedes, ya sabes lo que tienes que hacer, hay que ir cosiendo con tus hilos de prodigio, que ya tienes esa pila de información”. Sí pudo, gastó totalmente las horas, los minutos, los segundos, agazapado, bajo la luz de su lámpara y con los ojos más grandes, mientras sus dedos coordinados en la sinfonía literaria, que alguna vez comento: “hay que escribir sencillo y puro de lo oscuro y complejo”. Ese sigue siendo mi problema, quitarme la cáscara para llegarme al hueso, aunque me duela.
3.-Me fui llenando de la prosa, de la consistencia, en el estudio azul fueron creciendo los árboles de la fertilidad y en mis momentos de soledad estaba leyendo a Pacheco como si fuera la lámpara de la vida, de la muerte y del tiempo, la obsesión del escritor: el paso del tiempo. Es para escribirlo, a mì también me fascina, me alienta, me mortifica y me cala los huesos, el transitar implacable de uno de los mayores temores desde niño. Somos efímeros y ante este acontecimiento que nos parece único, se nos va la vida cuestionando y generando poesía no sin antes sufrir depresiones. Las noches con los libros comprados en las grandes ciudades y en la feria del libro, fui siendo el caminante por los filamentos, senderos y abismos de los versos como por ejemplo de lo cotidiano: el tenedor como un halcón con garras metálicas que destroza en el territorio de un plato.