ALUNIZAJE

Por Rigoberto Guzmán Arce: Faltaban dos semanas y la noticia estaba anidada en nuestras pláticas de barrio y de juegos; impregnada en nuestros sudores y en la oscuridad y luces de pantalla grande en el vientre del cine entre películas de apaches y vaqueros; entre las andanzas de Antonio Aguilar con antifaces de héroe y Viruta y Capulina en blanco y negro en las deliciosas tardes y noches de funciones de sesenta centavos. Faltaban diez días y en las cuadras de mi infancia no se hablaba de otra cosa y levantaba mi mirada al cielo en cada momento porque me iba contagiando la enfermedad de la imaginación. El hombre por fin iba al encuentro del destino en una viaje de cientos de miles de kilómetros con precisión matemática, a cumplir uno de los sueños más anhelados a través de los siglos: pisar en la luna. El cotidiano satélite natural, redondo, enigmático y musa para los que sufren, disfrutan y aman. Estábamos a unos días de este acontecimiento histórico e impresionante. La guerra por el espacio estaba en su apogeo entre los soviéticos y los norteamericanos. Las banderas de la hoz y el martillo y la de las barras y las estrellas como símbolos de poder y dominio en los cohetes y caminatas en los años cincuentas y sesentas. En espiral iban superándose uno a otro. Faltaban tres días y nosotros nos comenzamos a preocupar porque en mi pueblo no se veía la novedosa y lejana televisión. Todavía no llegaba la modernidad, éramos seres de adobe y empedrado. En la calle Abasolo vivían los radio técnicos don Manuel y Juan, creo que los primeros en arreglar consolas de discos vinil L.P y de 33 r.p.m. y radios de bulbos. Ellos estaban convencidos que arriba en la colina de Cristo Rey podían capturar las ondas invisibles de la señal televisiva y se prepararon consiguieron en Tepic una antena y aquí tubos, alambres y las herramientas de su propiedad para llevar a cabo también una odisea que nos consiguieron una camioneta de redilas y los familiares y atónitos invitados y no invitados estábamos listos con los nervios clavados en la sangre y nuestros pensamientos. No fui a misa ese domingo 20 de julio porque mi espíritu estaba en desasosiego. Nos juntamos en la Miscelánea “El Cometa del 82” y de allí partimos a la casa de Manuel Esparza que tenían listo los elementos para la construcción de nuestra felicidad y emociones galopantes que no me dejaron dormir y me carcomió el insomnio y el imaginar lo que vendría. Nos enfilamos a la salida a Guadalajara y a un kilómetro doblaron para la ruda terracería que nos llevaría a la cúspide del cerro atiborrado de nopales y copales. Ese cerro que nos hacía sufrir porque subirlo en los caminos inventados con antorchas, nos ponía trampas de piedras que nos hacían resbalar y rodábamos varios metros abajo ante la risa de los demás. Después de tantos movimientos terribles que parecía arrancarnos la cabeza y partirnos la columna vertebral, llegamos y contemplamos nuestro pueblo como una rosa extendida de luces amarillas que nacía en el extenso valle, pero nos sentamos todos juntos en el suelo de hierbas como si estuviéramos en un teatro esperando que subieran o abrieran el telón. Llevaron dos costales, uno de cacahuates y otro de naranjas y primero tímidamente tomamos un puño y unas cuantas, después más y más siendo testigos de las maniobras de los hermanos que parecía que eran pilotos de una nave llena de sentimientos encontrados. Bajaron y levantaron los tubos y los juntaron con otros pedazos para que estuviera muy alto, después los alambres los sujetaron con alcayatas y las clavaron en la tierra dura. Se subían al capacete de la camioneta sus hijos grandes para que se fijara bien la antena que ya tenía sus alerones y los guiaban hacia las rosa de los vientos, al noreste, sureste, norte, este y oeste mientras los que estábamos inquietos buscábamos alguna imagen en el pequeño televisor que su pantalla se llenaba de infinitos puntos blancos y negros. El sonido que emanaba del aparato parecían sollozos de desesperación. Pasaron largos minutos y la pantalla nos tenía imantados. Cerraba mucho los ojos para tratar de identificar a los astronautas, sus trajes, el casco y su caminata. Había sido tema de conversación y preguntas a los adultos que todavía teníamos dudas como poros en la piel. Nuestro pesar fue creciendo ante las tantas maniobras de los hermanos que al paso del tiempo se fueron desesperando y brotaron por sus labios enfadados mentadas de madre, palabras altisonantes porque bajo ninguna circunstancia pudieron atrapar las ondas invisibles que pasaban por nuestras cabezas atónitas. Volteaba para los lados y los rostros eran iguales al mío de desencanto y desesperación. Frustrados ante la cancelación de la obra de cohetes, módulo y cápsulas espaciales, fuimos recogiendo los materiales y nos regresaron a nuestra realidad y la vida cotidiana. La luna salía de las montañas negras y mi consuelo fue imaginarme el alunizaje, la luna violada.