POSICIÓN: “YO ESTOY MAL, TÚ ESTÁS BIEN”

Por Luis Melgar Carrillo. (lumelca@live.com.mx)

Una condición de minusvalía se revela en un adulto, por la manera como se califica a sí mismo frente a las otras personas. Tanto su autoimagen, como su autoestima son pobres como resultado de haber llegado a creer que son personas de menor valor frente a los demás. Son personas que creen que las otras personas si saben y si pueden, mientras que ellos no. En general se sienten impotentes cuando se comparan con los otros.
La timidez evidencia esta posición. Quienes muestran una condición de minusvalía muy probablemente proyectan timidez, por considerar, que quienes los observan de alguna manera son superiores a ellos mismos. Este pensamiento condiciona que sientan temor de hacer. Muchas personas se inhiben de hablar en público por temor a hacerlo mal, y equivocarse frente a un auditorio que va a calificar su presentación. El temor se origina en su deseo de no quedar mal. A sus ojos es un auditorio que luce como superior.
Una susceptibilidad excesiva también es una evidencia de un sentimiento de inferioridad. Son personas que se ofenden fácilmente ante situaciones en que el interlocutor no tiene una clara intención de agredirlos.
El origen de un concepto pobre de sí mismo en relación a otros, son los mandatos recibidos en la infancia. Por ejemplo, cuando una madre le grita a su niño en forma agresiva lo siguiente. “Cállate, no ves que el patrón está hablando”. Le está diciendo casi literalmente que el patrón tiene un mayor valor que él.
En otros casos, estos mandatos, son consecuencia de una actitud sobreprotectora que privó al pequeño de practicar, equivocarse y volver a intentarlo. Son adultos que perdieron la confianza en sí mismos por no haber experimentado en su niñez. Hay padres que al ver la torpeza de sus pequeñitos, prefieren hacerlo ellos en vez de dejar que sus niños lo hagan. La frecuencia con que los padres castran las iniciativas que todo niño tiene por tratar de ayudar, poco a poco va reforzando un concepto pobre de sí mismo.
Unos padres demasiado temerosos ante los riesgos y peligros, actúan haciendo las cosas en lugar de darles la oportunidad a sus pequeños. Son padres con la tendencia a suplantar al infante. Al hacer ellos las cosas, inhiben a sus hijos. No experimentar los limita para no tener experiencias de logro. Pese a todo, es muy frecuente que los peligros y riesgos que los padres sobreprotectores quieren evitar, vienen a ser imaginarios y no peligros reales.
Por otra parte algunos padres toman decisiones por el niño. Tanto la sobreprotección, como el evitar que el niño aprenda a decidir, atrofian su autoestima. Las consecuencias son más destructivas que el beneficio que puedan lograr haciéndolo por él y decidiendo por él. Con el deterioro de la autoestima, se destruye más que se edifica al pequeño al cual desean proteger.
La minusvalía castra la capacidad de tomar decisiones. Y cuando, siendo ya adulto, se tiene que decidir se hace con excesiva cautela porque da miedo afrontar el riesgo. El niño que creció con minusvalías se transforma en el adulto que cambia su decisión, al advertir la más mínima nube de adversidad.
Todo niño nace biológicamente inferior ante a los mayores. Este sentimiento equilibra en la medida en que adquiere habilidades físicas y mentales. Es la posición natural con la que se inicia el crecimiento, como consecuencia de la incapacidad de los primeros años de vida. Con el crecimiento y la oportunidad de ejercitarse, poco a poco se va superando esta incapacidad. Esta superación se incrementa cuando el desarrollo es el apropiado, por la conducción acertada de los mayores con los que crece. La práctica le va permitiendo experimentar sus propios logros.
Para disminuir la autoestima influyen en alto grado las caricias negativas, descalificaciones, comparaciones con otras personas y desprecios que en muchos casos recibe directamente el menor. Las burlas, son caminos para descalificar. Las expresiones como: “Inútil” “torpe”, “no sirves para nada”, “eres un desastre”, “eres tan torpe como tu padre”, “déjame hacerlo a mí, ya que tú no eres capaz” , “Carlitos el de enfrente ese sí que es mejor que tú”, deterioran la autoimagen del pequeño y alimentan su posición de minusvalía frente a los otros. La repetición de estos estímulos poco a poco va deteriorando la personalidad del infante. Son grabaciones que disminuyen la confianza que pueda llegar a tener sobre sí mismo. Las grabaciones negativas provocan que el pequeño vaya internalizando los mensajes negativos recibidos, de manera que poco a poco vaya conformando un sentimiento de inferioridad. Una persona adulta, con una minusvalía muy manifiesta, estará dispuesta a soportar las descalificaciones, desprecios, burlas y risas de los otros. En general tiene una actitud pasiva. Prefiere no hacer. No corre riesgos. Obedece con sumisión. Se esfuerza por complacer. Ese tipo de sentimientos, lo va conduciendo a que tenga la tendencia a aislarse y a escapar.
Desde pequeño, un adulto con una minusvalía muy marcada, poco a poco ha ido llegando a la conclusión de que estará bien y será protegido, acariciado y amparado, mientras se muestre inferior, incapaz, desvalido e inútil en comparación a los demás.
La actitud que llegan a adoptar para la vida es pensar que su papel es el de servir. Por tanto, adoptan actitudes de ser complacientes y de agradar. Casi nunca tienen la actitud de reclamar o reivindicar sus derechos. En el fondo piensan que solo tienen el derecho a servir, a quienes consideran superiores a ellos mismos.
Por todo lo anterior es importante que cada padre reflexione sobre las consecuencias futuras de las actitudes y formas de trato con que se dirige a sus pequeños.