VESTIGIOS DE JULIO

Por Rigoberto Guzmán Arce

La primera vez que lo vi fue jugando futbol, tenía que ser, seguramente con sus sobrinos. El Llano tenía una cancha pequeña para niños, estaban al metegol. Era una tarde, yo descansaba quizás en un receso de La Preparatoria. Me llamó la atención la técnica depurada, la precisión y el dominio, el balón parecía su mascota. Un adolescente de peinado a un lado y de rostro cuadrado, fuerte de complexión física. Después se fue juntando en la palomilla, en la red social, la relación de amigos que se construía fácilmente, todos nos conocíamos y era el cauce normal en una ciudad pequeña con sus lugares acostumbrados, la Plazas, el Llano, el Apolo, las escuelas. Estudiaba en la secundaria, se llamaba Antonio y le decían Capi y era muy conocida la relación de amistad con Chava, alias Cacarito. Surgían Jumilla, Boni, Popeye, mientras nosotros un poco mayores. Era normal coincidir en lo que nos gustaba. Llegábamos a ser tantos que era una parvada que nos integrábamos y por episodios nos separábamos. Nos fueron incluyendo al equipo Preparatoria, y se hizo equipo de amigos donde el baile, la playa, el domingo de futbol eran los indispensables escenarios de nuestra vida colectiva. Un huracán de sueños aquellos años, de gracia y tristezas, de desvelos y canciones, de buscar nuestro destino. Forjarnos en el esfuerzo, en el dolor y soledades. Llorar juntos por nuestras desgracias y brindar por la pasión. El trayecto de profesionistas, pero teníamos que cruzar por los territorios de la estrella solitaria, el ideal supremo del Vaqueros para sentir la felicidad. Jugar futbol es como acariciar el cielo, anotar goles y tener al Capi de mediocampista era un lujo. Yo emigré, ellos siguieron, escuchaba el eco, el gol, las discusiones y convivencias desde lejos. Nunca los olvidé. El Capi se forjó en Guadalajara cómo Contador Público. De nuevo el destino hace que demostremos la amistad de cerca. Los vaivenes, la ola de la fortuna y de infortunios, la presencia, ya estando otra vez en la ciudad, un tanto diferente, creció en el vértigo. Charlar con Antonio Ibarra López es pensar que nunca ha fenecido aquella bella época, inolvidable, un mar de sentimientos con miles de barcos emocionales. Un tanto melancólicos por los que se fueron, Lencho, René, Arturo, Olmos, Cacarito. Por los que estamos, evocar aquellos fuegos, los juramentos cuando el futuro era inmenso y hoy el pasado es inconmensurable. Aquí estamos en Veracruz Campestre, sentados, pero llenos de imágenes, de lo hermoso que es ser amigos. Del proyecto para rescatar del olvido el tiempo del valor que significa amistad eterna, porque la vida nos da la oportunidad de volver a vivir. Estamos en la idea del libro que deseamos: No era la estrella solitaria.
Las conservé, dos flores, rosas blancas que fueron cortadas para vendimia. Un proceso natural desde la raíz con la conjugación de elementos, desde un botón hasta su apertura ante el sol, el viento, las manos. Las tomé de una corona de duelo, un amigo se fue en físico. Regresé con las flores en la bolsa de la camisa negra. Entré en penumbras a la guarida y las dejé en el librero blanco que está junto a la ventana. En el otro tengo los perfumes. Así se fueron diluyendo los días y noches de amor y de guerra, lo cotidiano y que de su consistencia, su fuerza aromática, la forma, pétalos húmedos y brillantes al amanecer, el tallo, la penetración, poco a poco se transformaron y como evaporación quedaron las flores opacas y flacas como un cadáver, en el cementerio de los libros. Sin aroma, frágiles, turbias. Cumpliendo su ciclo. Durante cien diez días las tengo aquí, testigo de lo que fue y ya no será, irremediable. Me imagino como la amistad y el amor, quieres, deseas, buscas que el tiempo regrese y no existe el reencuentro. Algunas veces las captaba en imágenes junto a los libros de pasta azul de la colección de los escritores laureados con el Nobel, juntas como una pareja cercana, a pesar de quedar arrancadas del rosal, conservaban la lozanía. Así somos los humanos, tenemos un ciclo individual, se va el cuerpo consumiendo, fatal y lento sin darnos cuenta, de todo simplemente queda el aroma de los recuerdos. Basta un segundo para tener la presencia que se queda ausente si no encendemos nuestros ojos para tenerlos. Cuánta delicadeza en sus espirales, galaxias de jardín y dedicadas para simbolismos del romanticismo. Alguna que otra vez obsequié una flor, dos, tres, entregadas en manos, en los dedos, en el pelo, amor declarado. Una noche en un tiempo lejano y una casa en Ixtapa, sentado enfrente de un florero me impactó mis sentimientos la imagen de flores hundidas en el agua y creí que estaban ahogadas. Ya nunca regalo flores, les canto en su naturaleza y la mujer bella es mucho más siendo la elegida por todas las flores del universo.