Por: Rigoberto Guzmán Arce

TIEMPOS

1 DE 2 PARTES

En todos los tiempos se habla tanto de una de las obsesiones de las civilizaciones, de nosotros en este instante: el tiempo. Hasta los poetas se enfrascan en su péndulo. Trascender más allá de nuestro paréntesis, los faraones se embalsamaban, las dinastías chinas, las castas divinas, la obra de grandes arquitecturas para ser inmortal.
Con cuidado me detengo algunos minutos para contemplar el gigantesco reloj por donde nos movemos los mortales, el que pasa a vender el periódico, la señora con su bolso, el niño en bicicleta, la fuente donde salta el agua, el vendedor de atrapa sueños, el señor que sentado viendo pasar la rutina.
Giramos, estamos en el instante, cada cual con los movimientos y pensamientos. Aquí me detengo para observar, la velocidad relativa de los taxistas, el vendedor de pan, la mujer que hojea el libro, los cruzamientos de miradas, escuchar voces en este martes. Nos vamos gastando, el cuerpo se achica y se agrieta, el segundo muere cuando llega el otro y en la sucesión del presente diminuto, estamos entre el pasado absoluto y el futuro absoluto.
En la constante renovación como cantaba Heráclito cuando jamás vuelve a pasar la misma agua en la corriente de un río. Nuestro poeta mexicano José Emilio Pacheco nos recordaba que no preguntáramos cómo pasa el tiempo. Rulfo el del rostro consumido con sus personajes desmoronados como polvo de adobe, el de los ojos ausentes, cuando en un pueblo de vientos miserables nadie existía y todavía se escuchaban las voces de los muertos.
Escribir en silencio, intentando rescatar, atrapar, tener el tiempo en forma de letra, de texto, que se conserve plasmado el sentimiento, que los relatos sean fósiles con el pasar de los años, que tu nombre perdure, que tus risas no queden como flores a la tempestad, que mis buenos deseos otros logren descifrarlos como pintura rupestre, como el mar congelado, la respiración una burbuja en el universo, un listón azul en las estrellas, la luna en el cuaderno, el corazón de una mariposa titilando en tus labios; mi poemas de lágrimas y de esperanzas; el desafío inútil ante la avalancha terrorífica de la muerte.
En las encrucijadas de mi existencia, atiborrado de dudas, buscaba encontrar algún camino que no fuera tan incierto. Desde esta Nación salí a otros territorios, a lo frenético de la política en las noches amarillas acompañando al joven izquierdista José Luis Sánchez y Chico Sánchez Delgadillo a los barrios y colonias arriba de una camioneta que servía de estrado para los mítines.
Recorrer las calles en busca de amigos y encuentro con madrugadas para recordar en el humo del alcohol y la música nostálgica para que mi corazón no muriera de dolor. Salir para aprender a estar frente a grupos de alumnos y darle tiempo al tiempo y ser aprendiz de profesor en la comunidad de El Rosario.
Asombrarme en la literatura, enredado en las novelas, los cuentos y revistas que leía hasta el amanecer. Refugiarme en la naturaleza, los ríos y el valle inmenso con sus estaciones y mi alma anhelante. Desde este territorio nos sacudió la noticia de la muerte de mi abuela Lupe. Los encuentros de navidad, abrazos fraternos de familia cuando los sobrinos estaban pequeños y tenían tantos sueños de cariño.
Seguir en el amparo del futbol cuando la amistad se deletreaba como Vaqueros y se brindaba las noches del viernes, sábado y el domingo con la libertad que tenía en la adolescencia y juventud. Envolverme en la bandera de la música, canciones donde las letras se escribían en el paso de las nubes. Estudiar en la Normal Superior y sentir los primeros pasos de una profesión que nunca imaginé que amaría tanto.
Llegar en las noches solitarias para abrir la puerta de madera de gran llave de metal y estar en el lugar donde el cuarto se iba llenando de algunos libros y desde allí trataba de construir proyectos de vida y respondiendo por pedazos a las preguntas que cuestionaban mi existencia errante. Desde esa esquina del planeta me enamoré de nuevo, busqué afanosamente los cuadernos para que se impregnara de amor, de calor humano, de besos y las flores de las ilusiones volvieran los aromas de rostro bello, ojos verdes y delicada presencia como la luna que emerge de las montañas azules. Así se gastaba la vida.
En breves paréntesis me alejaba y regresaba. Empecé a querer a la calle Ortiz.
Nosotros siempre en casas oscuras, con goteras y rentadas. La frontera terminaba en la Moctezuma y ya éramos del ancestral Barrio de los Indios. Lugar por donde veíamos bajar a los indígenas con sus remudas cargadas de duraznos, carbón, leña y el olor a pino que iban dejando ramas por el empedrado rudo de la Marina, Ortiz y Justo Barajas.
Cuando en el caserón del señor que le decían “El Bofo” era para el descanso y comida de los comerciantes de la madrugada. Ya no era sólo la Abasolo, otros caminos que se abrían para los de la Meseta. El Santuario a la virgen de Guadalupe, sus campanas y las tardes se volvían sonoras, el paisaje casi el mismo de los años pasados, el cerro de Cristo Rey, la montaña del norte, sus aromas y el vuelo de avionetas en los cielos azules por excelencia.
Las tiendas de Naricitas, de Rosalío, de Lino López, se fueron haciendo parte de la rutina. Seguía como el oasis el puesto de revistas de alquiler de don Miguel Sánchez, su sabrosa fruta partida.
Ya se había perdido escuchar la lluvia en tejados y techos enlaminados. Los cuartos no dimensionaban la fuerza del agua y resultaba que hasta extrañaba las goteras, por Dios. Las circunstancias me obligaron a irme a laborar a un pueblo de Vallarta, Ixtapa.