Por: Rigoberto Guzmán Arce

TIEMPOS

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¿Por qué me gusta escribir? Creo que fue natural recorrer ese camino desde muy pequeño. A los cuatro años ya inventaba historias y andaba siguiendo a los adultos para narrarles mis seres imaginarios, los lugares que creía que existían y confundía los sueños o pesadillas con la realidad. Iba hilando historias que de manera espontánea surgían de las sombras y las luces. Al enfermarme era peor porque las fiebres me agolpaban y sacudían mi mente que no sabía cómo resistir los embates de las revolturas. Mis sentidos estaban siempre abiertos y cada situación aunque fuera sin trascendencia, quedaba impresa e inmersa que no entendía el valor y el para qué se quedaban dentro de mí. Recuerdo las monedas brillantes de a peso, el río con el agua transparente y los peces en movimiento, el sonido del viento que entraba en por todos lados en aquellas madrugadas. Una vez cuando tenía como unos trece años le hice una pregunta para que mi madre me sacara de mis dudas de la imagen que tenía: estaba adentro de una especie de sala que rápido nos metimos ante algo que surgió de pronto, alguien cerró las puertas de madera era como en una esquina. Sentí los sustos de todos. Los rayos amarillos del sol y llenos de polvo se colaban en las hendiduras de las puertas viejas iluminado el piso y veía las siluetas quietas ante el acontecimiento. Mi madre me escucho con los ojos más grandes que de costumbre, se golpeó la frente con la palma de la mano y me dijo: Dios mío, no puede ser posible, tenías diez meses, estábamos varias personas enfrente de la escuela cuando llegó un nubarrón, corrimos un poco a la casa donde me rentaban y cerramos las puertas muy asustadas. Te cargaba en mis brazos. Entonces aquí entendía que la única manera de expulsar al paraíso interior, de un infierno que se alargaba, de los mundos que coexistían, de las visiones, percepciones, era escribir porque ya me había cansado de andar tras del que me escuchara, me decían que era muy enfadoso, y ya no podía contarle tanto a los árboles o a los rincones de los corrales. Me subía a la cama donde mi padre acodado como si fuera una almohada lo interrumpía para contarle otro más de mis cuentos. Un cuadro muy poco repetido, sentía a mi padre Manuel que me hacía caso y yo le inventaba hasta el delirio y él seguía riéndose de mis ocurrencias que ya me bajaba feliz porque había sido capaz de abrir la coraza a un hombre muchas veces absortos en sus cosas. Mi madre práctica, maestra de tantos años, todavía tuvo la paciencia de enseñarme a leer y escribir. Buscar de pronto un cuaderno de algún hermano y garabatear nombres y frases torcidas. Sentí que se abría un espectacular horizonte del abecedario que podía volar como golondrinas, mariposas, el cometa, que estaban conjuntados la imagen y la palabra, el qué y cómo, las combinaciones que podías utilizar para los símbolos pudieran descifrar mis interrogaciones, la vida misma, el que de pronto ya estaba en este planeta y presuroso quería expresarme. La escuela se me hacía aburrida porque lo que se ofrecía era platos de rutina, pero por fortuna tenía el lápiz, colores y el cuaderno humilde que lo llenaba de símbolos, primeras expresiones, los manantiales que serían los ríos caudalosos emocionales y eléctricos.
Adquiridos en el fragor de los viajes. No puedo detenerme como lector, se me acabaría el oxígeno y la sangre, perdería mi alma como un errante en el mar del olvido. Es tan vital para conocerme mi mundo interior. Es tan hermoso contar con seres que de pronto descubro ahora cómo lectores. He publicado nueve libros, a todos los quiero son como los pedazos de mi corazón. Vendrán más, gracias a mi madre y maestros, amigos que fuimos juntos develando las galaxias de letras, palabras, símbolos, ideas en fuego. Enriquecedor es descubrirme en tus ojos, en tus manos, en tu belleza, en tus labios y cuerpo, en la piel, eres la mayor obra literaria que voy conociendo a través de tus estrellas en cada poro, respiración y suspiros.
Empecé a querer a la calle Ortiz. A reconocer la ruta del barro, sus artesanos, enormes cántaros, racimos de jarros y cazuelas; la generación de Los Airadas, Ricardo Méndez Escobedo y la familia Valderrama. Siempre había vivido en la colonia del Centro sin saberlo, en los primeros cuadros de la ciudad, con sus casas y edificios bellos y de estilo Ixtlán, con sus casas amplias de pilares y pasillos, de hermosas habitaciones que las unía el patio central y portones y fachadas deslumbrantes.
Nosotros siempre en casas oscuras, con goteras y rentadas. La frontera terminaba en la Moctezuma y ya éramos del ancestral Barrio de los Indios. Lugar por donde veíamos bajar a los indígenas con sus remudas cargadas de duraznos, carbón, leña y el olor a pino que iban dejando ramas por el empedrado rudo de la Marina, Ortiz y Justo Barajas.
Con mi maletín azul y franjas amarillas cada domingo en la tarde me regresaba a este pueblo caluroso y los viernes, presuroso llegaba con hambre de todo y mi madre salía de algún cuarto para abrazarme. Siempre las dos veladoras encendidas en ese lugar lúgubre que nadie ocupaba. Se convirtió con el tiempo en símbolo de mi espíritu.