Por: Rigoberto Guzmán Arce

PROFESOR CHAVITA

“Eran buenas tardes!” Así ingresaba al grupo de maestría en La Normal Superior de Nayarit, módulo de Ixtlán en las instalaciones de la secundaria Amado Nervo. Después tomaba lista de asistencia con voz tenue. Lo veíamos con tanta simpatía que nos ganaba fácilmente y quietos nos quedábamos los tigres de diferentes territorios docentes. Todo era alegría en la última clase desde la una y media hasta las tres de la tarde. De temas matemáticos complicados los hacía digeribles y tenía la calidad estratégica de hacernos responsables de aprender. Nos ponía a trabajar, a graficar y entre carcajadas nos llevaba al cumplimiento de labores todos los días durante cinco semanas. Maestros de Sinaloa y Sonora que buscaban hacer bulla, pronto el maestro Chava los sacudía verbalmente y los dejaba atolondrados callados para seguir realizando trabajo en el cuaderno. Con su maletín, los infaltables anteojos y el bigote y bien vestido, recorría diferentes planteles porque su pasión, su amor, era ser maestro de maestros, de niños, de jóvenes y de la comunidad donde estuvo presente con su sabiduría, la sapiencia, la simpatía que era inventor de las mejores didácticas. Muy ocurrente y espontáneo, tenía la respuesta a flor de labios y se bajaba en su carrito, creo que Nissan, para acomodarse su ropa y llegar a cada puerta de escuelas gastando el tiempo en lo que lo atraía profundamente casi como si fuera su religión. Solamente el amor que le tenía a su esposa e hijos y hermanos lograba superar su misticismo docente o eran parte de un corazón gigante. No recuerdo cuándo lo conocí, entre las nubosidades lo veía jugar futbol con el equipo de Tetitlàn, le decían “El Patitas”, y sabía alentar al compañero de juego, que a veces se le olvidaba que estaba jugando. Estuvo en varias comunidades y dejó huellas fértiles, recuerdo que estuvo en El Rosario, un pueblo querido donde también laboré. Recuerdo que algunas familias conservaban una serie de fotografías en blanco y negro, donde estaba el maestro joven en compañía de otros maestros soñadores, jugando volibol con sus alumnos de la escuela primaria Francisco I Madero. Posaban para la historia, la que la conciencia es un fuego personal y colectivo, en comunidades donde todavía la redención y vocación era posible. Siempre activo, participando en todo, era un ser de luz indispensable. Nunca me desunió la idea de la política, esos prejuicios inútiles, como en aquellos años soñadores me dio una palmada en la espalda y me invitó a su partido cuando me vio triste al ver los cuatro votos que sacó mi partido de izquierda en las elecciones, en esa casilla donde fui a vigilar, mientras el partido en el poder tuvo cuatrocientos votos. El pasar el tiempo su fuerza y prestigio se avocaba en su profesión, casi nunca despuntó como político, era un férreo defensor del sindicalismo magisterial. Lo admiré y lo conocí mucho más cuando fue mi catedrático, ya era una referencia, atraía su manera, su estilo de impartir clases. Cuando me recibí de maestría, fui a buscarlo y lo abracé con tanto gusto y agradecido profundamente por su calidad humana. Gracias amigo, gracias al profesor, gracias a Salvador Villanueva Ponce, Chavita, por hacerme creer en lo hermoso que es ser parte de esta tierra, de esta hermosa profesión, que las cosas bellas están en el alma. Al tiempo supe que se fue jubilando de escuelas y súbitamente escuché de parte de su familia, de uno de sus hijos que dejaba de recordar cosas, de perder las nociones elementales, la neblina llegaba a su mente, el crudo invierno en su cerebro luminoso, le llegaban las tormentas y se fue aislando, allá entre árboles y flores. Cruel paradoja, el gran maestro que nos proponía razonar, ejercitar la reflexión, se iba quedando en el páramo de sueños como un jinete solitario. Después se fragmentaba entre la lucidez y el desamparo. Verlo caminar por los portales de la ciudad y saludarlo, hay veces que me reconocía y otras veces no, para mí era importante quererlo y abrazarlo, mientras seguía su camino. Estuve presente y realicé la filmación cuando un Instituto educativo le rindió un homenaje erigiendo con su nombre un aula. Su esposa Salud Díaz habló a nombre de él. Sonreía el maestro en sus cumbres borrascosas, siempre con optimismo. Algunas veces verlo en algunas tiendas haciendo compras. Ayer leer en mis lecturas de rutina por las redes sociales, la fatal noticia, su fallecimiento que cimbró hasta las raíces de diferentes generaciones de alumnos y amigos. Hasta siempre hombre bueno. Siempre te recordaremos.