Por: Rigoberto Guzmán Arce

AÑO NUEVO Y EL TIEMPO

Siempre me trastoca medir el tiempo, la singularidad de la vida, su flecha continua y las variaciones que son inevitables en un poeta, a dónde se va, su gasto, las dimensiones y condensaciones. Estar en el río de aguas emocionales permanentes, el cauce sentimental, las densidades de las horas, el tamaño del día, cómo los sujetamos en calendarios y en mi corazón que guarda los momentos, instantes que jamás regresan en lo que creemos real, pero que en cada vez que requiero abro el archivo donde se conservan intactos los sentimientos, el olor y sabor de mi vida, el detalle para volver a sentir ese tiempo, la nostalgia surge como la vivencia que no murió jamás. Por esto surgen los rituales del año nuevo, gastamos uno que finalmente se va y queda como simple número y llega otro para sentirnos con esperanzas renovadas, acuerdos tácitos y juramentos que finalmente no cumplimos. Nos sentimos felices en el abrazo, en las salutaciones y como parte de un colectivo social cumplimos cabalmente, pero algo raro sucede, irrumpen los rostros, imágenes de nuestros muertos que quedaron en la posteridad, dirán que estoy loco, pero converso con ellos y les cuento las novedades o las noticias que ya nunca supieron entre lágrimas y la alegría que son los fulgores que nos unen como un hilo luminoso en el mundo de los muertos y los vivos, es muy fácil cruzarlo. Estoy escribiendo en estos momentos, pero yo ya estoy muerto, simplemente alguien me invitó a cruzar este territorio de las luces y sombras, lo que pasa es que me volvieron a recordar y estoy de nuevo aquí en un espacio donde siento y mi corazón vuelve a palpitar. Pensé que era complicado, yo estaba en el limbo esperando que la energía luminosa de las células cerebrales me diera la oportunidad de regresar al evocarme cuando andaba activo y creativo, cuando cruzaba en la velocidad por las calles y detectar el polvo, las agonías de mis amores perdidos. Cuando me encuentro a un viejo o nuevo amigo les hablo y siguen de largo, creen que soy un soplo, una llovizna o sonido del trajinar del atardecer. En las noches andar como alma en pena, es tan complicado. Pronto me acuerdo de un lugar y presuroso lo busco, alguien en este instante pronuncia mi nombre y dijo algo que fue como un murmullo, seguí la trayectoria de la luz y el sonido, se me agolpan mis sentidos como una gran explosión, revuelto en una rara sensación que estaba en el olvido y pronto siento ya mis dimensiones. Broto del sueño, resurjo de insomnios.
Ya con los deseos ardientes de mis manos, con mis ojos abiertos a nuevos horizontes de la vida, de la aventura de las letras, de sus ríos de palabras y de los senderos que el corazón me enseñe a vivir. Recorrer historias de hombres y mujeres en su acontecer cotidiano, el diáfano, el transparente y el de los días y noches de amor y de guerra. También el de las oscuridades, el de las tristezas y el que duele, aunque no se diga. Volver para sentir que la escritura me llama, el estremecerme de nuevo y seguir siendo el peregrino de las hojas y las plumas, el oxígeno, el agua, el fuego, el aire que necesito y el calor que me prodigan. Gracias y que todo lo bello se anide en su alma. Tenemos la oportunidad de ser mejores, los seres humanos maravillosos con los destellos que merecemos dar y recibir. No, no es posible, ya todo oscureció, sólo me dejó las tinieblas escribir este fragmento. Otra vez la oscuridad y el silencio total.
Se festejó con limitaciones en todo el mundo, más que nada fue un festejo virtual el advenimiento del nuevo año 2021. ¿¡Seguirá el mar embravecido y la zozobra qué mata!? Casi todos los humanos desde cualquier rincón escriben, hablan con optimismo, lo necesitamos, necesitamos creer, el año por sí solo no es un acto de magia, tenemos un historial, lo que vale son las acciones, la actitud y la voluntad de transformarnos. Después de varios días en completo descanso y con un resfrío fulminante salí para filmar la última noche del año 2020, mucho frío y poca gente, lo que no cesa es el tráfico. Misa de agradecimiento en la parroquia de Santo Santiago, me hizo recordar mi amada infancia. La gente resguardada y otros más lanzando cohetes y balazos, música estruendosa. El frío calaba mis huesos, pero agradecido de estar vivo y la mayoría de amigos y familiares en santa paz. Intenté dormir a las once de la noche contestando mensajes y correspondiendo a las frases fraternales. Sentí demasiado frío y espero mejorar la salud. No deseo terminar con la aventura de escribir un diario, es una forma expresiva que calma los dolores y abunda el recorrido emocional. Tú que me lees recuerda que te tengo el afecto que nadie ni nada cambiará, lo escribo del corazón. Lo mejor para este año 2021.