Por: Luis Melgar Carrillo. (lumelca@live.com.mx)

El camino al éxito III

Las oportunidades de progreso que se reciben, dependen en alto grado de la imagen de sí mismo que cada protagonista haya logrado proyectar en la mente de aquellos que les ofrecen oportunidades. Para progresar se necesita el apoyo de las otras personas. Las personas que deciden dar una oportunidad, lo hacen si creen en el apadrinado. Si confían que no va a defraudarlos.
El que apoya recomendando a alguien, o el que lo promueve a una posición superior, pone en juego su propio prestigio. Por esa razón si se apoya a otro, se hace solamente cuando se está convencido que al apoyar, no va a resultar amenazada su situación y bienestar.
La imagen que un tercero se forma de otro, tiene su origen en la imagen que esa persona tiene de sí misma La concepción que cada cual tenga de sí, es percibida por los otros. Las personas se forman una imagen de la personalidad de cualquiera, en función de lo que ven. Esta imagen es proporcional, al grado de aprecio personal que cada cual se tenga. Quien se estima tiene mayor probabilidad de llegar a ser estimado. Quien se respeta, recibe respeto. Quien actúa con dignidad, llega a ser considerado digno.
El comportamiento que se proyecta, es lo que las otras personas ven. Cuando se tiene una autoestima alta, se evidencia a través de lo que se hace. El gran mandamiento del Señor Jesucristo está directamente relacionado con estos conceptos. El “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, lleva implícita la orden de amarse. Solamente si una persona se ama, en esa proporción puede amar a otro.
Por ejemplo, si alguien se limpia los zapatos, está dando una muestra del aprecio que se tiene. Si siempre está con los zapatos sucios, proyecta lo contrario. Hay quienes emborrachan y se quedan tirados en la calle, andan sucios, despeinados, con malos olores, hablan vulgaridades y obscenidades, insultan, dan gritos, y en general evocan todo aquello que la sociedad considera reprochable. Es muy probable que los otros se formen un concepto pobre de esa persona. Lo que se ve, es lo que en buena medida se refleja del estado interior. Es la proyección de lo que cada cual siente por sí mismo.
Cuando alguien se valora, se muestra responsable, eficiente, con disposición al aprendizaje, receptivo, limpio, oloroso, con buenos modales, usa ropa limpia. Quien haga el esfuerzo de proyectar una imagen aceptable, lo hace como consecuencia del aprecio que siente por sí mismo. Quiere causar buena impresión y paga el precio para lograrlo.
Solamente por amor a sí mismo se está en disposición de hacer cambios para superarse. No es fácil cambiar hábitos. Es oneroso usar buenas ropas. Se necesita humildad para aceptar las ideas de otros. Es difícil cumplir los compromisos. Hay que esforzarse para ser eficiente. Resulta complicado aprender otro idioma. Cuesta dominar la computación. Al final de todos esos esfuerzos, lo que las otras personas ven, son solamente los resultados.


Tras un título hay horas de estudio y desvelo que no se ven. Quien lo alcanza es porque quiere ser mejor de lo que actualmente es. Paga el precio, como consecuencia de la estima que se tiene.
Aún por medio de las cosas la estimación trasciende y se proyecta. Por ejemplo si se tiene un vehículo que nunca se lava ni engrasa. Que siempre está funcionando mal. Que tiene llantas lisas. Que ha sido golpeado y no se repara. Los demás lo que ven es que es un carro poco estimado. Sería muy raro que cuando un tercero toma ese vehículo en préstamo, venga a cuidarlo y quererlo como cuida el suyo propio. Lo más probable es que a esa persona tampoco le importe mucho ese carro.
Cuando los padres proyectan el aprecio a sus hijos, en esa medida esos hijos también son apreciados. Por ejemplo si el padre les compra buenas ropas, les enseña buenos modales, los educa bien, los mantiene limpios, los respeta y en general los hace sentir valiosos, les está comunicando el amor que les tiene.
Esas manifestaciones son vistas y analizadas por las otras personas, las cuales comienzan a apreciar a los hijos ajenos, en función del aprecio que les tengan sus propios padres. Al menos tendrán buen cuidado de evitar hacerlos de lado y aún de dañarlos, por temor al enojo y posibles represalias que puedan tener, aquellos que los tratan con tanto cariño.
El esfuerzo final de quien les da a sus hijos una alta dosis de aprecio tiene tres consecuencias directas: La primera es la propia imagen de sí mismo que se van formando los niños. La segunda es la satisfacción personal de los padres, que le producen los logros de ellos. La tercera es que las otras personas también les llegan a tener aprecio. Esta tercera consecuencia es parte de lo que comúnmente se le llama: Haber aprendido a “Venderse Bien”.
Por todo lo anterior la gran conclusión gira en torno a la gran responsabilidad que tienen los padres. Responsabilidad para tratar de que sus pequeños cultiven una imagen positiva de sí mismos. Esa imagen es la llave para llegar a tener mejores oportunidades. Estas oportunidades son la clave para tener mayores probabilidades de éxito en la vida.