FIODOR DOSTOIEVSKI

Por Rigoberto Guzmán Arce

En esta semana se cumplieron 140 años de su fallecimiento, aquí mi sencillo homenaje a uno de los mejores escritores de todos los tiempos.
1.-Las estepas, la tundra, el alma rusa y la sopa de col. Todo me imaginaba cuando en un momento me atrapó mi curiosidad y el lector de tantas noches fue cautivado por la primera novela que sudoroso sin poder dormir en varias noches leí y sufrí de Fiodor: Crimen y castigo. Un pequeño libro estrujante que tuve en la preparatoria 6 y después de la Editorial Nueva Nicaragua de la colección Biblioteca Popular de Cultura Universal convertido en un barato ladrillo verde y amarillo de letras grandes para que
realmente sufriera con el personaje. La psicología del culpable, el personaje Raskolnikov, que por la miseria de estudiante viviendo, en lo que llamamos casa de asistencia, se ve obligado a matar a una anciana usurera y la doble pesadilla de avara. Sufre la persecución de un investigador de policía de aquellas épocas de ruindad. Llegaron otros escritos, obras para desmenuzar los espíritus no de los mejores sino de los que sufren y los humillan y lacerantes sobreviven bajo los poderes de las aristocracias y las castas divinas. Dostoievski nacido en Moscú en 1821 y falleció en San Petersburgo en 1881, era una lluvia intensa que no tenía momento de respirar y llegaron Almas blancas, El jugador, Pobres gentes, Humillados y ofendidos, El idiota, Los hermanos Karamazov. Sueños desesperados y locuras cada amanecer porque no me podía responder que mis tragedias se parecían a los hombres y mujeres de hace tantos años, del siglo XIX, salían de las páginas de historias, las novelas desgarradoras hasta consumirme y flaco y mísero salía por las calles para comprobar que nadie me entendía, ni escuchaban menos descargaba el espíritu ruso, las novelas del subconsciente. A veces mis amigos de farra y lágrimas como José Luis “Tequilita” se acercaba y le daba calor al cadáver Rigoberto. En la Era pre Facebook, me partía la explosión con el que quisiera escucharme y no me importaba que no me pusieran en mi piel “me gusta”. Leer la biografía de Fiodor que sufría de ataques epilépticos y lo inmovilizaban por temporadas con el riesgo de morir. De barba negra, rostro afilado y ojos inquisitorios, agudos, pero tristes logró ganarle a los tiempos y que a pesar de la tecnología que me embrujaban en 1987, como la videocasetera y otros “alambrajes”, eran las preguntas sobre sociedades que se destruyen por las contradicciones. En ese espacio de lectura que me daba la vorágine de Ameca: profesor, director, político, dirigente sindical, futbolista; pude atrapar la verdadera escritura de los hombres que aman a Rusia. En esas noches de clamor, sopor y alacranes tenía la fortuna de un minuto, una hora para viajar sin salir de la casa amarilla y de vientos de cenizas como lluvia de amanecer y soles azucarados. Recorrer las distancias y los agujeros negros que me ofrecía la novela que me marcaban, sentía las heridas, sufrimientos y el dolor que no creía que unas palabras pudieran lograr su cometido. Viajar por
las noches junto al río de desesperaciones ante los problemas que se avecinaban como nubarrones y las historias me consumían ¿A quién contarle o desahogarme del vodka de la chingada que me embrutecía?
2.-Los abedules, el invierno y las ciudades atrapadas en el bien y el mal. Fiodor no sólo describía la naturaleza, habitaciones y recorridos por las calles oscuras, sino que también era capaz de diseccionar con un tremendo bisturí las condiciones del espíritu, las acciones de la aristocracia y los nobles, los pobres, los andrajosos. Tragedias que se repetían incesantemente sin descanso y esas narraciones espléndidas eran capaces de sugestionarme y por eso buscaba la opacidad, conocer seres desgarradores en las cantinas, basureros y en los lugares sin luces, ni oropel y a mis veinte y veintisiete años seguí la ruta de las almas en el purgatorio. Hice el intento de escribir pequeñas historias que murieron en los cuadernos, sobre todo una que borré, corregí y me quedó un remedo, que al final rompí. No estaba preparado para narrar el velorio de la abuela Guadalupe en agosto de 1981.
3.- También el apellido de Fiodor lo escriben como Dostoyevski y en nombre se escribe Fedor y me hice de estos libros de color azul de la Colección Austral de la editorial Espasa-Calpe Mexicana. Unos prestados y otros fueron encontrados casi escondidos en los anaqueles de librerías de todos los tamaños. De la editorial Porrúa “Sepan cuantos”, de Bruguera y otras tantas. Tengo la novela El Doble de la Universidad Autónoma de Sinaloa en su noventa aniversario que festejaron en 1983. La riqueza que descubría hurgando tan metódico entre las horas cuando los viajes a Guadalajara se repetían y el dinero alcanzaba. Dejé un tiempo de buscar librerías famosas porque se fueron cerrando. De vez en vez paso por alguna calle y allí están en pequeños locales libros usados.