Martín Elías Robles

ESOS DÍAS DE PLAYA

     Qué tal, amigo lector; febrero loco y marzo otro poco, como decía mi abuela Chayo. Qué razón tienen los refranes, por lo menos este febrero ha estado rarísimo sobre todo con el asunto del clima, unos días calurosos, y otros francamente helados, andamos todos atiriciados, entumidos, con las manos como alambre, ya de las otras partes del cuerpo ni le cuento, usted se imaginará.

Claro, no siempre ha sido así, ha habido tiempos en que por estas fechas, los calorones en la tierra Cora nos indicaban que urgía el traje de baño para correr a la zona turística de Nayarit; cuantos recuerdos bonitos. Oiga; apoco no se le antoja a usted pasarse una semanita en Nuevo Vallarta Nayarit, donde hay un paraíso que encaja perfecto con la hotelería y toda la infraestructura dispuesta para vacacionistas conocedores; o mínimo, hospedarse en Guayabitos, o en la Peñita de Jaltemba, donde los atardeceres son realmente maravillosos; ahí pasé muchas vacaciones de Semana Santa en compañía de mi familia, y disfruté al máximo de mi infancia. Fíjese usted que nuestra estancia en la Peñita de Jaltemba era con muchas limitaciones económicas, pues aunque mi padre ganaba bien como maestro, precisamente en una escuela de esa zona costera, la verdad es que su sueldo le era insuficiente para la semana que nos pasábamos en la playa; aunque mi Sergio bien que se las ingeniaba para salir adelante con los gastos. Días antes de las vacaciones, él hablaba con el director de su escuela para que nos permitiera quedarnos en los salones de la secundaria, así que al llegar, teníamos un terrenòn y baños para nosotros solos, además de las canchas deportivas donde nos pasábamos unas tardes fenomenales jugando al fútbol, claro, después de pasarnos las mañanas en el mar.

     Mi padre tenía un Volkswagen en el que partíamos de aquí de Tepic, él, mi tía, su hija, mi hermano y yo; ah, y un perro de estatura mediana que no podíamos dejar en casa por miedo a que se fuera a morir de hambre, pues era tan lángaro que la comida que le dejábamos para la semana se la acababa en un día, así que era obligación llevarlo con nosotros. Recuerdo que la salida de Tepic era siempre en jueves por la noche, cuando mi tía Esperanza, que era la cajera principal de Hacienda, salía de vacaciones; entonces, por la tarde íbamos al súper a comprar despensa para llevárnosla, en la idea de ahórranos dinero, y evitar tener que ir a gastar a los restaurantes que siempre son caros. La ida al centro comercial significaba toda una travesía, pues normalmente estaba lleno de gente queriendo acabarse la mercancía; para nosotros pan bimbo, tostadas, atunes, mayonesa, y refrescos, nunca debía faltar; así, después de una larga fila salíamos dispuestos para partir a la playa. Aunque otro dilema era escoger la ropa que llevaríamos; mi padre decía que con un short y camiseta era suficiente. No sé cómo le hacíamos pues en una pequeña parrillita que le poníamos al vochito en el capacete, se le acomodaban las grandes bolsas de mi tía, mi ropa, la de mi padre, mi hermano, y las mentadas cobijas que tanta pena me daba andarlas luciendo por la carretera. Así partíamos alegres en la madrugada rumbo al mar, con el Jesús en la boca, pues cada que en la carretera nos pasaba un camión grande o un tráiler de la coca, el vocho se ladeaba de tal manera que pensaba, algún día se iba a voltear, cosa que mi padre no creía, pues se carcajeaba con mi cara de espanto.

     Total, siempre ocurría que en los dos primeros días nos acabábamos la comida (estábamos como mi perro), así que los otros tres días de nuestra estancia, mi viejo era el que apechugaba con los gastos; a mí eso me encantaba, porque como dice el gran compositor don José Alfredo Jiménez, yo no nací para pobre me gusta todo lo bueno, lo malo es que no tuve la suerte de ser hijo de don Carlos Slim. Pero, ir a los restaurantes es otra cosa, sobre todo cuando quieres quitarte el sabor del agua salada con algún delicioso guiso. A mí de las noches en la Peñita me encantaba salir a la avenida, entonces la única en el pueblo, para sentarnos a escuchar la música de banda en vivo, o el sonido a todo volumen que los muchachos traían en sus autos. Luego por las mañanas muy temprano el agua de coco, y más tarde los helados de nuez con leche, eran una delicia para disfrutar. De los centros de diversión como los antros, se poco, pues nunca fui de los que me gustara asistir a ellos, pero por mis amigos sé que eran y son espectaculares. En fin, son recuerdos. Ahora ya de grande, con mi esposa Leticia he ido algunas veces, y la hemos pasamos muy bien, aunque todo ha cambiado. La Riviera Nayarit es maravillosa, no por nada muchos turistas de todo el mundo la prefieren, aunque a decir verdad, aquel pueblito romántico, colonial llamado Rincón de Guayabitos, en los 80 era mágico en verdad, sus callecitas adoquinadas, las casonas de los gringos, y el calor de su gente era otra cosa; jamás olvidaré aquel primer atardecer en ese lugar, donde siempre pensé que si eso no era el paraíso muy cerca estaba de serlo..  robleslaopinion@hotmail.com