Martín Elías Robles

A PROPÓSITO DE DÍAS SANTOS

     Qué tal, amigo lector; hoy es lunes 15 de marzo, pues nada, estamos en plena cuaresma que antecede a la Semana Santa, muchos católicos, como es de siempre, pusieron  la ceniza en su frente como una manera de redimir sus pecados, comprometiéndose a cumplir algún sacrificio para limpiar su alma y su espíritu; ciertamente las abnegaciones que hoy se acostumbran sólo tienen que  ver con los ayunos, más que con otra forma de ofrecimiento. Por la tradición católica,  y aun con la pandemia latente, curiosamente por la calle se pudo reconocer a algunos politiquillos de alta alcurnia con su cruz en la frente, y  claro, uno no puede evitar preguntarse si realmente se habrán arrepentido de sus tantos pecadillos, que van desde la gula, la robadera y hasta la indecencia política. No lo niego todos somos pecadores, dicen, gracias a las sinvergüenzadas de Adán y Eva que no respetaron las reglas según la historia bíblica; desde luego es una cómoda manera de evadir nuestras culpas. Oiga, pero hay algunos que de plano merecen estar pagando sus deslices en el mismísimo infierno, y no viviendo en el limbo terrenal; a la hoguera deberíamos mandarlos como lo hacían en siglos pasados para bórralos de tal modo que ya no siguieran fastidiando a nuestra gente a la que han dejado en la miseria. Por otro lado, no cabe duda que los tiempos cambian, y las delicias ni se diga; en épocas de mis abuelos, y aún con la crisis que también ellos padecieron, mucho se acostumbraba para estas épocas servir en la mesa de las familias una gran variedad de exquisitos platillos; en una sola tarde de comida se servían los chiles rellenos, el arroz, los frijolitos, el pescado y la famosa capirotada, o las torrejas endulzadas, sin faltar el agua fresca de distintos sabores; hoy penosamente, si hay para un sólo guisado ya se está de gane, con excepción de los pudientes adinerados que no están en la lista de los pobres, esta triste lista que cuenta a más de 50 millones en México. El asunto de la magra cuestión económica se ha agravado por la crisis que  provocó el terrible Covid; y para colmo de males, apenas hace nos días los precios de muchos productos se fueron a las nubes, subió el limón y el frijol, por mencionar algunos, entonces imagínese usted qué difícil es estar en condiciones de hacer la dieta recomendada para estas religiosas fechas. Recuerdo cuando en la Iglesia Católica prohibían comer carne, hasta que los sacerdotes comprendieron la situación de los mexicanos, y por fin consintieron que en Semana Santa los parroquianos se alimentaran de lo que se pudiera, pues hay productos de cuaresma que son extremadamente caros. En nuestro país existen personas que por necesidad ayunan todos los días, que a veces no comen, o no cenan porque no hay suficiente dinero para hacer los tres alimentos, un sacrificio obligado que debería cambiar en esta tierra que también es de Dios. En México tenemos la esperanza de que las cosas mejoren en el aspecto social, económico y político, el anhelo de que el gobierno de la 4T ahora sí haga equipo con la ciudadanía para generar desarrollo y bienestar; para acabar con la corrupción, con los problemas de delincuencia, y con la inmensa pobreza y desigualdad social, esto puede parecer una utopía, pero es posible si paulatinamente todos cambiamos nuestra forma de actuar y de pensar, bajo un concepto más positivo y humano. Bueno, en esta cuaresma es tiempo propicio para no sólo tratar de liberar el alma de malas vibras y pecados, también la meditación es un ejercicio mental obligado, aunque como dijera el gran cantautor Juan Gabriel, hay gente que no se compone ni volviéndola a batir. ANECDOTARIO. Me dirigía rápido por uno de los andenes del metro en la Ciudad de México, cuando observé bajando por unas escalinatas a un tranquilo anciano que creí reconocer a primera vista; me le acerqué sin hablarle, y cuando lo tuve de frente, constaté que se trataba nada menos que del comediante “Viruta” aquel talentoso cómico que hizo pareja con Gaspar Henaine “Capulina” en infinidad de películas mexicanas, hoy clásicas. Iba solo, pensativo, con esa firme estampa de seriedad remilgosa que le caracterizaba; con su inseparable traje oscuro, su sombrerito tipo inglés, y sus zapatos negros, boleados pero modestos. Muy delgado, como siempre había sido. Descubrí a un hombre bastante mayor, quizá algo enfermo, no lo sé, pero su figura débil que se acentuaba con su lento caminar me dio la impresión de una persona que requería de la ayuda no sólo económica, sino también moral; percepción que algunos años después constaté, cuando me enteré que Marco Antonio Campos “Viruta” los últimos días de su vida y su vejez los vivió en la pobreza total. Pero ese día en el colectivo metro, realmente no me atreví a hablarle; era una gran personalidad a la que admiraba, por lo que temí no me contestara el saludo. Me adelanté, y él se perdió en la muchedumbre; aunque hoy francamente me arrepiento de no haberlo abordado, hubiera sido algo muy especial. robleslaopinion@hotmail.com