La época de la rebeldía, un símbolo que significaba libertad, el amor y paz, la revolución de las rosas. De niño me gustó ver personajes con melena, ver a los amigos de mis hermanas. Los Cuicos los perseguían para cortarles las greñas arriba de La Julia. El pelo largo me imantó. En la primaria con mi pelo corto de casquillo cuando me llevaban a pelar con máquina que me daba miedo con don Luis Avelar. Me dormía en la silla de la peluquería. En la secundaria siguió el terror del pelo corto que se vieran las orejas como ratones parados. Una vez me regresaron y fue terrible ese día para llegar a mi casa por dinero, esperar que abriera El Cuate y correr para alcanzar el examen de ese día. Luego en La Preparatoria 6 con el rito a los de nuevo ingreso sufrir la trasquilada por parte de los grandes. Pelón de a coco parecía una varilla con un foco. Un verdadero suplicio. Con mi gorro que me hizo mi tía Nena no me acercaba a las damas. Finalmente me dejé el pelo largo, todavía conservo el partido a un lado. En una ocasión ya estaba demasiado largo y me urgía pelarme para no enredarme en las ramas de los árboles en Carrizo Norte, San Juan de los Lagos; busqué en domingo en Guadalajara un lugar y no encontraba, era una tarde y todo cerrado, vi una clásica peluquería. Le dije cómo quería el corte, el viejo peluquero escuchaba sin entender, finalmente me dijo: usted quiere un corte de hombre. Le dije que sí, presintiendo lo peor. Me cortó como un niño. Me dije que ya nunca me cortarían el pelo tan corto. Tengo definida mi personalidad, alto y de pelo largo, así quiero ser recordado. Así me conocieron todos mis alumnos, amigos y amigas. Así deseo seguir. Sé que ya no me queda como en los tiempos de La Prepa, pero disfruto así, que el viento me despeine, que se me hagan roles con la cachucha.
Te invito a que me acompañes desde mi origen hasta la edad maravillosa de mis veinte años en este primer libro de memorias.

Durante diez años he estado escribiendo una columna llamada Claroscuro, en dos periódicos, Exprés Regional y Realidades de Nayarit, fervorosamente cada viernes o sábado. En el transcurso de las ediciones iban saliendo los recuerdos sin tiempo lineal, era de acuerdo a mi estado de ánimo o el interés. Con la evolución de los escritos, hace un año después de publicar el libro de cuentos Instantes, consideré la posibilidad de publicar una trilogía de mis memorias, iniciar en diciembre del 2020, pero por lo doloroso de la pandemia del Covid 19, preferí hacerlo a principios de marzo del presente año. Desde agosto fui organizando el archivo de los temas y episodios para el presente libro titulado Pelo Largo y elegí lo representativo de mis primeros 20 años. Dejé dos o tres capítulos pendientes para incluirlos en las futuras memorias tentativas a imprimirlas. Quizás en tres o cuatro años más.
Son trece capítulos, Origen, Galaxia Jiménez, Océano Pacifico, La Roca, Planeta Arista, Ceiba, Atlas, Canal 58, Pelo Largo, Universidad, Nogales, Proceso, Cacarito. En esta travesía de veinte años, voy descubriendo la vida de aquellos tiempos, donde mi pueblo era una verdadera comunidad, donde todos nos conocíamos. También describo cómo se fue ensanchando, la llegada de la mal llamada modernidad y la micro historia en las calles, las esquinas, los lugares escolares y los barrios que eran pocos, organizados por cuarteles religiosos y nombres de héroes nacionales.
1.- Origen.
Nací en los tiempos del presidente Adolfo López Mateos, en la época de la “estabilidad” emanada del partido de estado, en lo que se le llamó provincia mexicana, hasta en los cines presentaban la introducción de Provincia en marcha. Ixtlàn era pequeño, sus límites eran los ríos, el Grande y el Chico, una pequeña mancha urbana rodeada de sembradíos de papa y caña de azúcar. Calles empedradas, horizontes de tejados y de ausencias de tinacos y antenas de televisión. Todavía olía a alfalfa y leche recién ordeñada, a piloncillo y el olor de ramas que iban dejando como estelas los vendedores con su recua cargada de duraznos y carbón desde La Meseta de Juanacata. El sonido de campanadas de la parroquia Santo Santiago y del Santuario de Guadalupe, el sonido de la llegada o salida del ferrocarril eran los únicos omentos que se interrumpía la monotonía y la placidez.
La vida transcurría en las calles apacibles y de pocos autos, algunas bicicletas y los barrios eran de artesanos, en mi Barrio de los Indios se elaboraban utensilios de barro, estaba el remendador de zapatos, el panadero, el sastre, el hojalatero y hasta el voceador de niños extraviados. Las misceláneas con productos perecederos, lo inmediato, a granel. El medio de información era la radio y el medio de comunicación el correo y el telégrafo.
Mi infancia transcurrió en la colonia del Centro, por la Arista, Jiménez, Abasolo y el callejón de la Paz.
En mi libro Claroscuro detallo un lugar profundo y nostálgico que fue la casa de la abuela. La historia familiar con mi bisabuela Refugio y Guadalupe, las alegrías y las tragedias. Influyó en mi manera de concebir al mundo, esa relación con los adultos, con las visitas de los tíos abuelos que llegaban de la Yesca, un lugar lejano y mágico, con sus relatos increíbles que olían a pino y sentía el frío de las montañas. Narraciones como la de la tía maría que se tragó una bala para no quedar embarazada y tener relaciones entre los árboles en la soledad y en la intimidad de sementales.