LA CLARIDAD, SÓLO LA CLARIDAD

     Qué tal, amigo lector; hoy lunes 19 de abril, día del aborigen americano. En esta ocasión he decidido transcribir un escrito del literato español José Martínez Ruiz, mejor conocido con el seudónimo de Azorín; es un excelente trabajo donde el autor detalla lo importante de escribir con claridad y sencillez cuando la real intención es llegar al gusto del lector, de la ciudadanía. “Estilo obscuro, pensamiento obscuro”: Todo debe ser sacrificado en la claridad. Otra cualquiera circunstancia o condición, como la pureza, la medida, la elevación, y la delicadeza, deben ceder a la claridad. ¿No es esto bastante? Pues para los puristas lo siguiente: “Más vale ser censurado de gramático, que no ser entendido”. Es verdad que toda afectación es vituperable; pero sin temor se puede afectar de ser claro. La única afectación excusable será la de la claridad. No basta hacerse entender; es necesario aspirar a no poder dejar de ser entendido. Sí, lo supremo es el estilo sobrio y claro. Pero ¿cómo escribir sobrio y claro cuando no se piensa de este modo? Cuando el estilo es obscuro, hay motivos para creer que el entendimiento no es neto. “Estilo obscuro.” Se dice claramente lo que se escribe del mismo modo, a no ser que haya razones para hacerse misterioso. ¡Admirable de exactitud y penetración! Recomendamos la sencillez y tornamos a recomendarla. ¿Qué es la sencillez en el estilo? He aquí el gran problema. Vamos a dar una fórmula de la sencillez. La sencillez la dificilísima sencillez, es una cuestión de método. Haced lo siguiente y habréis alcanzado el gran estilo: colocad una cosa después de otra, Nada más. Eso es todo.  ¿Habéis observado que el defecto de un orador o de un escritor consiste en que coloca unas cosas dentro de otras, por medio de paréntesis, de apartados, de incisos y de consideraciones pasajeras e incidentales? Pues bien, lo contrario es colocar las cosas, ideas, las sensaciones, unas después de otras. “Las cosas deben colocarse -dice Benjaramo- según el orden en que se piensa, y darles la debida extensión.” Más la dificultad está… en pensar bien. El estilo no es voluntario, el estilo es una resultante fisiológica…… VAMOS A SONREIR. Le transcribo un pasaje literario del escritor mexicano don Carlos González Peña, titulado “El arte de sonreír” extraído de uno de los libros que mi padre me dejó como herencia al momento de su partida:  Si la risa –conforme y tan a menudo se ha observado- nos distingue de los animales, acaso tal diferenciación pudiera mejor determinarla y fijarla la sonrisa que se antoja, a veces, trasunto del cielo, que es espíritu, que es finura, que es inteligencia, que es gracia. Reviste la sonrisa los más variados caracteres. Ya es agradable, ya maliciosa o burlona; se colorea de espiritualidad o de alegría; es graciosa o irónica, impertinente o ligera. Pero “es” de alguna manera; y siendo, nos subyuga y atrae. Lo malo es no sonreír. Lo lamentable, no sonreír nunca. Recuérdese, en La Ilíada, la “sonrisa mojada en lágrimas”, de Andrómaca, cuando Héctor para despedirse, se despoja del casco resplandeciente, y el niño, al cabo, se refugia en el seno perfumado de la madre. Esa sonrisa mojada en lágrimas raya en la sublimidad. Más la sonrisa, recorre gentilmente toda la escala, de la sublime a lo trivial, de lo llano y simple, a lo misterioso y enigmático. Recuérdese, a propósito, la de Monna Lisa. Aunque siendo primas hermanas, hay una diferencia profunda entre la sonrisa y la risa. El reír, le es dable a cualquiera; el sonreír –el sonreír bien, interesantemente-, a muy pocos. Advertía el viejo Fontenelle que mujeres lindas hay que saber reír, pero no sonreír; y el adorable Teófilo Gautier aseguraba que las mujeres sonríen a menudo cuando tienen bonitos dientes. Víctor Hugo, en fin, el poeta de las hipérboles desmesuradas, afirma que la sonrisa de la mujer que ama tiene tal claridad, que se ve la noche. Pero no sólo las mujeres sonríen o deben sonreír. Debemos sonreír todos. Debemos sonreír; aunque, claro está, a su tiempo y espontáneamente, y todo no así como así, sino con su cuenta y razón. Conocida es la práctica yanqui de aconsejar a uno la sonrisa. ¡Sonría usted! La orden, así, de pronto, tan perentoria; cuando no por ímpetu burlesco, arranque la sonrisa, nos causa extrañeza, nos molesta. ¿Por qué he de sonreír yo al entrar en esta tienda? ¿Qué le incumbe al fúnebre vendedor de radios que yo sonría o no sonría? No obstante, y pese a la resistencia, a la irreprimible rebeldía que el consejo o la orden al primer ver suscita, comprendemos que hay razón en sugerirlo o reclamarlo. Es bueno sonreír. Se debe sonreír hasta para tratar aparatos de radio. La sonrisa es buena no sólo en el comercio de las tiendas, sino en el comercio de la vida. Démosle, al verla insinuarse, la bienvenida. ¡Cuántas malas inteligencias, cuántas grescas y alborotos, cuántos sinsabores y molestias esquivan una sonrisa! ¡Cómo la sonrisa suele ser correctivo eficaz, índice discreto, que al par que establece y afirma la paz y la templanza, señala, gozosa, lo que de torpe o vulgar nos sale al paso de la vida! En suma, la sonrisa es el gran recurso para sobreponerse a las acideces de la existencia. Templa, corrige, rectifica, endulza, clama; es luz que ilumina  en las sombras, perfume que halaga, consuelo que fortalece, claridad espiritual, fulgor de inteligencia. Por todo lo cual aspiraríamos, y unánimemente deberíamos aspirar a sonreír siquiera por no ser menos. Quiere esto decir que hay un arte en la sonrisa; arte cuyo cultivo deberíamos proponernos. Tal vez, seguramente, el pulir nuestro espíritu, el asomarse al jardín interior, el coloquio con el yo profundo, lo afine, acendre y embellezca. Quien nació con cara de palo, con cara de palo se queda; pero quien sonríe, sonreirá siempre. robleslaopinion@hotmail.com