RIGOBERTO GUZMÀN ARCE

                                            OCTUBRE

Por tanto, me encanta octubre, es luna llena, mi existencia, el cosmos en mi corazón y la sangre que agolpa mi poesía. Representa tanto cuando mi madre me contaba de mi nacimiento en el amanecer en aquella casa de adobe y tejado, de dos espacios. Octubre de vientos de otoño, del canto de las hojas cuando inundan territorios y es el campanario lleno de palomas. Son los murmullos de los mayores, los rincones de polvo y el anochecer de aparecidos cuando reposan las latas de miel entre los aromas de las flores en maceta y jardín. Conversaciones con mi pasado. Octubre es el amanecer contando el tiempo a través de mis manos y la luz irradia como el rostro de mujer. Un himno que me envuelve en cada gota de rocío, en el incesante movimiento de mi alma llena de mariposas. Octubre un símbolo sincero de saludo, de balcones, de enredaderas en tu pelo, el atado de nubes todavía cuando el horizonte es de melancolía y el cielo es azul. Es placidez, es el nido de estrellas, la estela de tus ojos, el sueño, la tibieza de la cercanía, veredas con la sensación del encuentro. Octubre sentimental, el que abre el pecho, el que transforma, el que abre las ventanas para verte llegar. El infinito que me inquieta. Siempre tendré presente que amo la vida, el amor y la belleza.

Ayer sentí ya el principio de los vientos del otoño, de octubre, mueven todo hasta el corazón En mi poemario Verde Luz escribí Eternidad, de los elementos naturales como el fuego, el agua, el viento, la tierra. Señalada manifestación profunda de la estación que vivimos en el ciclo del movimiento. Debido a las tempestades frenéticas comencé a utilizar cachucha para no despeinarme, a protegerme del sol y me fui acostumbrando hasta quedar marcado en las fotografías cotidianas donde quieto estoy con mis amigos y es parte de mi cabellera que no deseo se haga maraña. Pensar que antes mi cabellera ondeaba como bandera de libertad. Ixtlàn se llamó un tiempo de Buenos Aires, tenemos la raíz del Dios del viento, Ehécatl en nuestras venas. Un amigo, doctor Manuel Parra Pimienta, dejó su legado un poema al viento que se conserva en El Coloquio del Viento del Sur, crónicas, visiones de Ixtlàn, magnífico libro publicado en 1996.

Voy caminando en un octubre diferente, es lo hermoso de no conocer lo que viene, simplemente siluetas, insomnios, voces, pero no el rostro que deseo contemplar y acariciar. El alma limpia y no saber sus colores, las manos tibias, pero no conocer sus intensidades. Octubre con sus cantos desde el amanecer cuando la constelación sigue en mi pecho y pronuncio tu nombre, las lunas brillantes de tus miradas.

Hace años Gabriel García Márquez escribió en su columna que tenía en la revista mexicana Proceso que era una dicha volver del avión a la mula, la travesía súper sónica del Concorde a viajar en mula por las montañas son las prisas para tener el tiempo de contemplar. Algo parecido sentí el día de hoy cerca de las diez de la mañana, un lunes de sabroso desayuno cotidiano, el leer sobre Pandora Papers y enviar mensajes y compartir escritos o imágenes, el pensar cuál sería el recorrido de Charlas Callejeras, me motivaba ir a la Unidad Académica de Ixtlàn para ser testigo de las primeras clases presenciales del semestre después de varios virtuales, pero de pronto se congelaban las redes sociales, se fueron apagando las cercanías tecnológicas con el mundo. Aunque parezca que no es cierto, sentí feo y aislado como de niño cuando se iba la luz de noche y todos gritando en la calle Abasolo a oscuras: ” ojo de venado que venga la luz”. Así hasta el cansancio mientras las velas de parafina se colocaban en la mesa de madera. Minutos muertos que creí que pronto revivirían, nada más estaba Twitter en uso y Telegram. WhatsApp, Facebook Instagram a oscuras, en el apagón global. Me fui a mi guarida a leer artículos pendientes, hice revisiones y los amigos del Regional subieron sus transmisiones en vivo por Youtube, no es lo mismo. Durante el tiempo de ausencia, me quedé reflexionando cuando se vivía comunicándose por cartas o telegramas. De adolescente escribía tantas cartas, llené cuadernos de poesía y me resulta absurdo que ya tengo la dureza de mis dedos y me cuesta trabajo dedicar libros con bolígrafo. Escribir cartas era sentir con calidad espiritual, riqueza de prosa, sentimientos abiertos y procurando escribir lo que sentía y vivía como la crónica emocional. Escribía uno ya estando convencido de lo que deseaba, afinar, certificar, una cirugía literaria. Teníamos la oportunidad de leer, traer el libro bajo el brazo para aprovechar el espacio, una banca y, un asiento, en el salón de clases o con la novia bajo el árbol de sombras románticas. Recuerdo que uno opinaba lo que le constaba con los amigos, compañeros de escuela y maestros. Cuando menos pensamos nos llegó la velocidad y ella nos metimos en masa, frenéticos, adictivos, buscamos exhibirnos de cualquier cosa, opinamos de todo sin que nos conste, queremos oler la sangre digital, no queremos quedarnos atrás del momento, de la moda, del rumor. No podemos detenernos en esta vorágine de miles de millones de usuarios. Durante este apagón me puse a reflexionar, sí, me quedé quieto, absorto, de cómo hemos cambiado nuestros hábitos, las costumbres, el entendimiento. Han regresado como el eco, lo estuvimos esperando en las estaciones de pantallas y vuelven los trenes a las velocidades para dejar de observar, de contemplar lo bello y nos subimos de nuevo a las redes sociales, vidas errantes y virtuales.