DE BUENA ESTIRPE

     Por: Martín Elías Robles

Qué tal, amigo lector; nuevamente estamos con la preocupación por esta maldita pandemia del covid-19, que amenaza con arreciar  en su letal ataque. Según algunos especialistas, todo parece indicar que en México para enero o febrero tendremos una cuarta ola de coronavirus, tal y como ya está ocurriendo en algunos países de Europa, donde por ejemplo, Alemania está viviendo el peor momento desde que surgió por primera vez la enfermedad. Ante la indeseable posibilidad de que se registre el repunte de contagios en nuestro país, las autoridades médicas han destacado se cuenta con el sistema hospitalario para enfrentar la pandemia. Ojalá no ocurra nada, pues también se ha dicho, esta nueva ola podría llegar de forma más agresiva que las anteriores. Francamente creo, no nos queda más remedio que seguir cuidándonos, acatando las disposiciones  de salud, algo muy difícil de cumplir por estas fechas, pues todo mundo está pensando en la diversión y la convivencia con motivo de las fiestas decembrinas. Ante la falta de conciencia por parte de mucha gente, es probable que volvamos a pasar por la pesadilla del virus. En fin, como diría mi abuela Chayo, sobre aviso no hay engaño… DE BUENA ESTIRPE.      Por fin dejé la flojera y me puse a darle una limpiadita al viejo librero que heredé de mi padre, quien fue maestro normalista con especialidad en lengua y literatura; hurgando en el mágico estante, por mera casualidad encontré un pequeño libro que precisamente le tocó llevar a mi padre como alumno en su educación  primaria, allá por el año de 1954, es un ejemplar titulado: Libro Cuarto “SABER LEER”, así que ni tardo ni perezoso me puse a ojearlo con singular curiosidad. Oiga, no cabe duda que en aquellos tiempos había una especial preocupación en las autoridades educativas por fomentar los valores humanos, por inspirar en los niños la educación y el pleno respeto hacia sus semejantes; aquellos libros eran un templo de sabiduría dedicado a la civilidad. Entre tantas joyas literarias que habitan en el especial libro, encontré; “LA CALLE” (Carta a mi hijo) del escritor italiano Edmundo De Amicis. Aquí le transcribo tan original escrito: Te observaba desde la ventana esta tarde al volver de casa del maestro; tropezaste con una pobre mujer. Cuida mejor de ver cómo andas por la calle. También en ella hay deberes que cumplir. Si tienes cuidado de medir tus pasos y tus gestos en una casa, ¿por qué no has de hacer lo mismo en la calle, que es la casa de todos? Acuérdate Enrique: siempre que encuentres a un anciano, a un pobre, a una mujer con un niño en brazos, a un impedido que anda con muletas, a un hombre encorvado bajo el peso de su carga, a una familia vestida de luto, cédeles el paso con respeto; debemos respetar la vejez, la miseria, el amor maternal, la enfermedad, la fatiga, la muerte. Siempre que veas a una persona a la cual se le viene encima un auto, quítale del peligro, si es un niño; adviértele, si es un hombre. Pregunta siempre qué tiene el niño que veas solo llorando. Recoge el bastón al anciano que lo haya dejado caer. Si dos niños riñen, sepáralos; si son dos hombres, aléjate para no asistir al espectáculo de la violencia brutal que ofende y endurece el corazón. Y cuando pase un hombre maniatado entre dos guardias, no añadas a la curiosidad cruel de la multitud, la tuya: puede ser un inocente. Cesa de hablar con tus compañeros y de sonreír cuando encuentres, o una camilla de hospital que quizá lleva un moribundo, o un cortejo mortuorio,  porque ¡quién sabe si mañana no podría salir uno de tu casa! Mira con reverencia  a todos los muchachos de los establecimientos benéficos que pasan de dos en dos, los ciegos, los mudos, los raquíticos, los huérfanos, los niños abandonados; piensa que son la desventura y la caridad humana los que pasan. Finge siempre no ver a quien tenga una deformación repugnante, ridícula. Apaga siempre las cerillas que te encuentres encendidas al pasar; el no hacerlo podría costar caro a alguno. Responde siempre con finura al que te pregunte por una calle. No mires a nadie riendo; no corras sin necesidad y no grites. Respeta la calle. La educación de un pueblo se juzga, ante todo, por el comedimiento que observa en la vía pública. Donde notes falta de educación fuera, la encontrarás  también dentro de las casas. Estudia las calles, estudia la ciudad donde vives, que si mañana fueras lanzado lejos de ella, te alegrarías de tenerla bien presente en la memoria, y de poder recorrer con el pensamiento tu ciudad, tu pequeña patria, la que ha constituido por tantos años tu mundo, donde has dado tus primeros pasos al lado de tu madre, donde has sentido las primeras emociones, abierto tu mente a las primeras ideas, y encontrado los primeros amigos. Ella ha sido una madre para ti: te ha instruido, deleitado y protegido. Estúdiala en sus calles y en su gente; ámala, y cuando oigas que la injurian defiéndela. Tu padre. Hasta pronto. robleslaopinion@hotmail.com