Ya van varias noches, por lo de la cuestión de resguardo, que vecinos juegan lotería mexicana, la clásica, juntan granos de maíz o piedritas y toman una carta o dos, apuestan leve y comienzan a jugar al caer la noche, después de cenar. Cuánta nostalgia! Era importante el juego y la emoción cuando iban quedando pocas cartas y no salía el nopal o la chalupa ¡¡ Buena!! Y el grito agónico ante el desencanto de los demás. Aquí desde mi guarida los escucho, pero hay un ingrediente extraño, ya no la da alguien, ya no le toca de manera elemental gritar a uno de los jugadores. Ahora es una aplicación que la grita, ya no se barajea. Ahora es una voz femenina que sin emoción la dice. Se acabó cuando el que la daba hasta se ahogaba de emoción y entre los riesgos de dormirse se detenía para revisar, y luego la inconformidad que nomás de arriba las estaba escogiendo y se hace el nudo de acusaciones. “Se las echó”. Eso se acabó. La máquina fría: ” se va y se corre la vieja del atole”. Pongan sus apuestas. Ningún pleito escucho que me da la oportunidad de escribir con calma este diario. Ya llevo 58 días filmando con dos o tres veces en días de crónica visual, el registro histórico de los tiempos del Covid 19. ¡Ánimo Comunidad! Es mi grito de esperanza. 
Cuando ando en la calle algunos me gritan un nombre infantil y me conecta con los bellos tiempos de inocencia. No pude cruzar invicto el lago, océano, río caudaloso de los apodos. Un niño flaco y amarillento se salvó a pesar de todo, alguno que me hiriera y me dejara marca, huella para siempre. Me pudieron poner tantos, que no les propuse ideas. En el barrio, en la calle entre las tardes y noches de temporadas de juegos, hubo una de las pasiones que duraban unos días o se alargaban según la profundidad y el tamaño de envase de vidrio o la novedad siguiente, cuando se aparecía el trompo, el yo-yo. Nunca supe quién era el que iniciaba con la moda y quién dictaminaba su terminación. Pienso que los comerciantes o los mercilleros de los portales Juárez cuando ponían en exhibición las cajitas de cartón del juego según las estaciones del año. A guardar lo que nos sobraba para la siguiente temporada de la cartelera Arista o en la escuela Benemérito de las Américas. Ese juego, el de las canicas de barro, el de los caicos y champolotones de vidrio consistente, el imaginar que jugaba con diferentes planetas de colores y brillantez, en el espacio de tierra, el movimiento directo y golpear con dureza o suavidad para sacar la picha del cuadrito y del círculo, arrodillado entre la dureza de las piedras; fue el causante de mi bautizo colectivo porque ya estábamos en la espesura de la noche y aún quería seguir jugando. Me la pasaba practicando en el corral para tener la puntería final calibrando la presión del dedo índice y pulgar, poniéndome brea natural, tierra, utilizar el cocón y en el pasillo de la casa de la abuela poner una formación de canicas para atinarles desde lejos. Guardaba celosamente mis envases llenos y en un parpadeo y rachas de mala fortuna, me ponían triste porque se iban vaciando. Estar atento al agandalle de los amigos mayores de la palomilla de la cuadra cuando de manera represiva gritaban: “llegó el arrebato”, y nos quitaban las canicas en plena acción. Ese juego me fue borrando mi nombre Rigoberto, pero conservé el Beto para mis íntimos y la comuna como un reguero de pólvora supo que El Canica existía. Creí que con agua bendita, y un millón de ruegos al cielo se me iba a quitar. Pensé que sería como el simple juego de estación, que el tiempo borraba todo. El apodo quedó.

Cómo un huracán irrumpió en las redes sociales, las felicitaciones, recuerdos, nombres de maestros. De todas partes inundan Facebook. Es un día simbólico que es para mí de melancolía, lo antaño, evocaciones cándidas, de toda la atmósfera de la escuela, la primera vez, el miedo, los compañeros, los libros con la patria morena; las aulas, el amanecer, los profesores y las aulas, juegos. Ya escribí la historia de mi espacio y tiempo en La Benemérito, Benito Juárez, la secundaria Amado Nervo, Preparatoria 6, Universidad, Normal Superior y Maestría. Mi historial escolar y claro no faltaron mis queridos maestros, con sus virtudes y defectos. Ya como profesionista puse en práctica lo mejor de ellos y soy un crisol de sus enseñanzas, 
 Mi maestra Dolores Arce, mi madre que en simples y rápidas lecciones antes de ingresar a la escuela me enseñó a leer y escribir, se me hizo fácil estudiar. De maestro intenté entregar lo mejor en cada comunidad que me tocó. He sido un puente entre los antiguos maestros, compañeros de labores de mi madre, los veía con tanto respeto: Ofelia Quintero, Pastora Mota, Maura Mendoza, 
 Me siento feliz por haber tenido la oportunidad de servir en esta profesión noble, de construir mejores seres humanos, de desarrollarme con tantos amigos profesores, orgulloso de sus trayectorias, pondría más nombres, es interminable la lista. Disculpas por no incluir más, simplemente es un testimonio y reconocimiento porque ser profesor es corresponderle al pueblo el habernos dado la oportunidad de estudiar con sus impuestos y el vínculo histórico no se diluye, estamos en favor de la comunidad.