Por Sergio Mejía Cano
Manifestaciones que parecen clamores en el desierto

El asesinato de la periodista Lourdes Maldonado, en Tijuana, Baja California, generó que en varias ciudades de nuestro país se organizaran manifestaciones con marchas y plantones de protesta en señal de repudio no nada más por este asesinato vil, sino por otros tantos en que, la mayoría, han quedado en total impunidad, por lo que se podría decir que esta última manifestación de protesta, fue una más sin que se den resultados efectivos por parte de las autoridades.
Esto de atentar contra los periodistas, obviamente que no es nada nuevo, y no nada más pasa en nuestro país, sino en otras partes del mundo se dan estos casos de atentados contra periodistas de todo tipo. Y no se entiende el porqué se mata al mensajero cuando pisa callos con lo que investiga e informa, si con el tiempo, aquello que quisieron tapar los que se incomodaron por determinada información, se descubre y sale a la luz, muchas veces por donde menos se espera que salga; al parecer, no entienden quienes se van en contra delos comunicadores aquello tan cierto de que “la verdad siempre sale a flote como una gota de aceite en el agua”, por más que se trate de que algo no se sepa, tarde o temprano se descubre la verdad de lo ocurrido; y más, en estos tiempos en que, gracias a las redes sociales, muchas noticias se conocen a escasos segundos o minutos de que acaban de ocurrir.
Aquí en México, persiste el triste recuerdo de los hermanos Flores Magón, Ricardo, Enrique y Jesús quienes, por participar en un periodismo crítico en contra de la dictadura de Porfirio Díaz, fueron perseguidos y encarcelados no nada más en nuestro propio país, sino hasta en el vecino país del norte. Pero a lo largo de la historia en México, muchos medios informativos han sido perseguidos y destruidos, en donde manos criminales mandadas por alguien, llegaban a destrozar las imprentas de periódicos que mostraban una actitud valiente y crítica. También se dieron casos anteriormente en que, a determinado periódico se le dejaba de surtir papel como medio de intimidación o para que los editores entraran en razón y dejaran de hablar o difundir noticias respecto a determinado personaje de la política y hasta del mundo empresarial. Sin embargo, como hoy en día ya hasta los medios impresos tienen sus portales en internet, en caso de que sufrieran el amago de que no les surtirán papel, posiblemente ahora eso los tenga sin cuidado, pues ya cada día son menos los medios que salen impresos. Tal vez de ahí, alguna vez se haya pensado en regular las redes sociales, lo que no ha prosperado, afortunadamente.
Se entiende que, a lo largo de nuestra historia, muchos periodistas han sido intimidados y hasta asesinado y, ahora, el sexo femenino no detiene a los asesinos, pues ya son muchas mujeres periodistas que han sufrido algún tipo de atentado por dedicarse a la investigación a fondo y, por dar a conocer detalles que posiblemente a alguien no le gustó, y de ahí el tratar de callar una voz que, lo único que hizo fue publicar lo que ya se rumoraba como secreto a voces.
El 30 de mayo de 1984, fue asesinado a tiros en el entonces Distrito Federal, el periodista Manuel Buendía Tellezgirón, se dice que por las investigaciones que hacía y por publicar los resultados obtenidos. La noticia se difundió a nivel nacional, tal vez por el peso que tenía este periodista muy admirado y respetado por la mayoría del gremio periodístico. Ese día apareció en el noticiero “24 Horas” que conducía en aquel entonces Jacobo Zabludovsky, el entonces presidente de la República, Miguel de la Madrid Hurtado, presente en el lugar de los hechos, con vestimenta informal, luciendo una chamarra oscura de piel, diciendo una frase que, al paso de los años, ha sido sinónimo

de que nada va a pasar, pues con el puño derecho a la altura de su cintura, dijo contundente: “esto llegará hasta sus últimas consecuencias, caiga quien caiga”; ¿y? Pues sí cayeron varios, entre ellos un sobrino-nieto del expresidente Manuel Ávila Camacho, Rafael Moro Ávila; otro involucrado con el mote de “el chocorrol”, quien murió casi de inmediato y, el dizque cabecilla, José Antonio Zorrilla Pérez, en aquel entonces director de la Dirección Federal de Seguridad; y si bien cayeron estos personajes, obviamente que en sí, de acuerdo a lo dicho por Miguel de la Madrid, por supuesto que no se llegó hasta las últimas consecuencias, porque se supone que Zorrilla Pérez ni sus secuaces se mandaban solos, tuvieron que recibir órdenes de más arriba. ¿O no?
Sea pues. Vale.