RIGOBERTO GUZMÀN ARCE

                                          MURMULLOS

Me gusta caminar entre el pasado y el presente, entre la tristeza de saber de los que se han ido, solamente en mi alrededor en las calles de mi infancia quedan todavía seres maravillosos que conocí de niño: mi padrino Gerónimo, doña Jesús Camarena, Pepe Ballesteros El Gato, Tichi Parra, José González, Doña Lupe Pardo, y el paso del tiempo lo dictamina. Me gusta mucho conocer nuevos amigos, los que tienen una visión actual, no les tocó la época de la sencillez, de la inocencia y el de los artesanos y las misceláneas. Ya estamos en una ciudad masificada donde la mayoría pierde identidad porque se quieren parecer a otros. Así voy caminando descubriendo, explorando la vida, una riqueza inmaterial, lo espiritual y el alma ixtlense entre el incesante ruido del tráfico y añoro las calles tranquilas. Convivir con rostros nuevos, voces y sueños. Atravesar por lugares donde me detengo ante un vestigio de aquel Ixtlàn formidable y me siento errante, sobreviviente de aquellos tiempos para que me brote la nostalgia pura. A muchos nos sucede y tengo la dicha de volverlo a vivir o imaginar los días y noches de nuestros abuelos. Cuando la noche era larga sin electricidad, la lluvia caía en los tejados oscuros, el amanecer con lluvia en las calles desnudas de lodo y empedrado. Vivir en el ocote y el petróleo, en el piloncillo y petates, en el barro y labranza. Todo sobrio, elemental. Los medios de comunicación rústicos, principios del siglo XX, un pueblo pequeño rodeado de vasta naturaleza, bosques, aguas de dos ríos y el valle frondoso. Por eso me detengo ante la fachada de una casa y hago una pausa mental para abrir mi imaginación y vivir estos instantes para sentir aquellas épocas que solamente regresan gracias al amor que le tengo a mi memoria. Casas de adobe y de tejas, las banquetas de cantera; las puertas de madera, llaves grandes de fierro, quedan pocas, es como un cuerpo en agonía. Vivimos en vértigo por la tecnología. Regresan las conversaciones de mis tíos abuelos, el olor a los pinos y la miel, a las raíces de los Ávila. Abro el celular y capturo la fachada de la casa y es mi consuelo.

De nuevo regreso a las historias, a la relación emocional con las frutas. Escribí de los higos, de la mandarina, de la lima, de las granadas. El vasto territorio del corral de la abuela Lupe, de aquellos momentos maravillosos, cierro mis ojos y brotan los recuerdos, la luz ilumina mi corazón. Escribir la palabra ciruela es desde mis primeros pasos por la tierra, sentir el movimiento de las hojas, saborear el fruto que me impacta profundamente.

Avizorar a un vendedor por la Avenida Hidalgo y comprar una bolsa de ciruelas es volver a los tiempos de mi felicidad. Tenía a mi abuela, mi bisabuela, la cercanía de mis primos y mis padres queridos vivían. Cada cuál en su espacio, nosotros arriba de los ciruelos como hormigas o pericos, llegaba el fruto de la primavera y el verano, veíamos como iban creciendo los racimos en las fuertes ramas, atentos primero a comernos las hojas con sal, riquísimo manjar. Siempre atentos para ganar las ciruelas, las grandes, aunque estuvieran verdes, era una furia y un reto al estómago. No queríamos que nos ganaran las primeras maduras, después llegaba un vendaval y ocupábamos más manos y bocas para alcanzar a comernos todas. Jornadas de olor y sabor. La orden de mi abuela se cumplía, cortando para llenar baldes y ya en la noche junto a su cama fumando su cigarro acostumbrado me daba a conocer la ruta de la repartición de los baldes, primero le llevas a tu tía Nena, y después a con tu tío Victor, ya pasado mañana vas con Teófila, y al último llevas a tu casa. Sí, abuela. A Tomasa yo le entrego. La variedad de ciruelas no nos importaba, había un palo de Cacalután dentro del gallinero y el otro con mi tía Tomasa. Uno casi al final del corral, los dejábamos pelones. Al último nos brincábamos a corral de mi tía Tomasa para darles jaque mate y así se cerraba el ciclo de las ciruelas. Un verano más.

Ya todo cambió, los ciruelos se pudrieron y se rescató un pedazo de corteza, escribí un poema de aquellos instantes eternos que quedó en mi libro Verde Luz, fallecieron la mayoría de mis tías, imborrables mis mayores. Cada año mi prima Nohemí me trae una bolsa de aquellas ciruelas. Estoy saboreando mi pasado en estas ricas ciruelas que compré hoy. Me inunda la nostalgia pura sin remedio.