RIGOBERTO GUZMÀN ARCE

                                        DIARIO Y CASETAS

1.-Llegar al número ochocientos me brota algo especial, son muchos pensamientos que se agolpan en esta pantalla del celular y al oprimir el teclado digital. Recorrer ya el tiempo desde aquella noche en Talpa donde tuve el deseo de escribir un diario. Fue en marzo del 2018. Quise aventurarme a esta inmensidad que es Facebook. Antes escribí en cuadernos y agendas íntimas, narrar el cada día y noche sobre lo que siento, pienso, veo, respiro, escucho, saboreo y toco de la vida, el tiempo y espacio que me corresponde vivir, tengo una relación intensa y me asombro la confianza de enviarme mensajes y me gusta colaborar. Solamente tenemos una vida. Me gusta encontrar la esencia del amor, de la belleza. Abrir mi alma, pero no de par en par. Deseo tener límites y no exhibir ni andar opinando de todo si no cuento con el conocimiento, no soy experto de nada, me siento un ser humano que soy parte del acontecer social y testigo como un cronista de los momentos actuales. Ser cauteloso en opinar sobre tantas situaciones en la velocidad social y aunado a las redes sociales. Podría escribir de tantas cosas, como la política y otras, pero he procurado no provocar polémicas inútiles, ya la mayoría tiene sus ideas y no he visto que las cambien aquí en la red. Mejor me decidí por un diario que nos acerque con otros seres humanos que vivimos mucho mejor en la vida real, es interesante compartir con los amigos, conocidos y vecinos la relación real y cotidiana. El Facebook y la página de uno se utiliza como se concibe al mundo. Me gusta cuando nos identificamos por un lugar, un recuerdo y hacemos encender juntos la memoria. Escribir un diario para los demás es una rica experiencia maravillosa. Ir hilando lo que existe en mi cuerpo y corazón es tan hermoso porque me expreso y el manantial fluye a los ríos que llegan a los océanos para volver a vivir. Tengo el perfil de quienes me leen, los que aportan un me gusta, los que solamente se detienen en mi publicación y logran leerla, otros reciben mi diario por mensaje, algunas veces los etiqueto, y otros que no lo leen para nada. Es parte lógica que se expone uno al hacer este ejercicio social de cerca de nueve mil amigos y seguidores que cuento y agradezco. También el diario lo comparto con tres muros: Nayarit en la cultura, Literatura y arte de Navojoa y Letras cruzadas. Llegar a este número me llena de alegría porque es una comprobación diáfana que amo la vida, el amor y la belleza. Gracias a los que leen mis letras tan llenas de cariño.

2.-Nos llegaba la modernidad a un pueblo que se ensanchaba demasiado y rápido. Los primeros teléfonos residenciales eran pocos, lo tuvo mi tía Tomasa. Mi tía Engracia tenía también teléfono en Guadalajara, un mundo lejano y maravilloso.  Se nos hacía increíble, estábamos acostumbrados a mandar y recibir cartas, estábamos acostumbrados a leernos, pero no a escucharnos. Era una emoción la carta que llegaba, el telegrama y más si recibíamos giro telegráfico, el que llegara con la bicicleta y el sonido del silbato, era romántico y real. Una relación fuerte con mi abuela Lupe y mi tío Toño que escribía y contestaba. Su carta era a máquina y su nombre y firma con bolígrafo. Entre flores le leía a mi abuela las buenas nuevas y la contestación en el proceso de cerrar los ojos, mi abuela concentrada y yo su escribano.

Mi tiempo llegó de emigrar y seguía escribiendo cartas a mi madre Dolores y a la novia, íntimas y cálidas, llenas de cariño y amor. Desde el horizonte del recuerdo me llega cuando para llamar se iba a la oficina telefónica para tomar el teléfono en el cubículo, el auricular que se tenía la maravillosa oportunidad de escuchar la voz. Cuando era emergencia entonces con mi tío Victor. Ixtlàn se fue llenando de casetas telefónicas y en algunos negocios con monedas. Después con tarjetas de prepago y había por la Avenida Hidalgo, en la Zaragoza, la Abasolo con Moctezuma, en Justo Barajas. Llegaron los celulares llamados ” Ladrillos” al ampliarse la cobertura, mi hermana Gloria me lo regaló y el saldo se iba rápido con la clave de una tarjeta. Al entrar el siglo nuevo se podía comprar celulares ya más chicos, pero rústicos, muy elementales a los de hoy de 5G. Llegó el torbellino digital, las redes y fuimos gastando el tiempo no solamente de hablar, ya es el mensaje o clip de voz, la imagen, el vídeo y la visión de concebir el mundo.

De todo esto me brotan los instantes cuando observo casi las últimas casetas telefónicas públicas que se conservan y son vestigios, ya son extrañas de un tiempo que jamás volverá. Allí quedaron impregnadas las risas, lágrimas, los besos desde cerca o de lejos, las voces.