La Tierra es el único planeta conocido (de momento) que posee continentes: piezas terrestres ‘vivas’ que han ido cambiando a lo largo de la historia, emergiendo y hundiéndose de la superficie. Se conoce que, en varias ocasiones, estos trozos de tierra se han unido, formando supercontinentes. Sin embargo, los científicos aún no entienden del todo cómo se formaron y evolucionaron hasta ser lo que vemos hoy. Ahora, investigadores de la Universidad de Curtin han hallado las pruebas más sólidas hasta la fecha de que una ‘lluvia’ de meteoritos gigantes en los 1.000 primeros años desde el origen de nuestro planeta impulsó la fractura del supercontinente.

Al examinar diminutos cristales de circón en rocas del cratón de Pilbara, que representa el remanente mejor conservado de la corteza antigua de la Tierra, encontramos pruebas de estos impactos de meteoritos gigantes», explica Johnson. «Estudiar la composición de los isótopos de oxígeno en estos cristales de circón reveló un proceso que va ‘de arriba hacia abajo’, y que comienza con el derretimiento de las rocas cercanas a la superficie y progresa más profundamente, en consonancia con el efecto geológico de los impactos de meteoritos gigantes«.

Así, el equipo descubrió que el cratón de Pilbara se construyó en tres etapas: los circones de la primera fase (que datan de 3.600-3.400 millones de años, tan solo unos 1.000 millones de años después del origen de la Tierra) revelaron un único impacto gigante, que condujo a la formación del cratón.

La segunda etapa (reflejada en los circones que datan de entre 3.400 a 3.000 millones de años) fue un período de reelaboración y estabilización del núcleo de la corteza, seguida de la tercera etapa (hace menos de 3.000 millones de años), un período de fusión y formación de granito. Este núcleo estabilizado luego, mucho más tarde, evolucionaría para convertirse en los continentes actuales. Según los investigadores, solo los impactos más grandes podrían generar suficiente calor para crear los cratones, que parecen tener el doble de espesor que la litosfera circundante.

No menos importante, los continentes albergan metales críticos como el litio, el estaño y el níquel, productos básicos que son esenciales para las tecnologías verdes emergentes necesarias para cumplir con nuestra obligación de mitigar el cambio climático», afirma Johnson. «Estos depósitos minerales son el resultado final de un proceso conocido como la diferenciación de la corteza, que comenzó con la formación de las primeras masas de tierra.