RIGOBERTO GUZMÀN ARCE

                                       TIEMPO DE MEMORIAS

                                                  4 DE 4 PARTES

 Deseo terminar este tiempo de memorias con el recuerdo imborrable de mi amigo Salvador Delgado. Tu complexión delgada con tu larga enfermedad de la alergia en todo tu cuerpo. Siempre vistiendo sencillo con tus sacos de colores. La mirada siempre triste que en ocasiones se desbordaba tu emoción por la pasión musical. Solidario y amistoso como poquísimos que hay en la vida. Pensativo muchas veces, cambiabas estados depresivos por estar con todos. Estabas cuando necesitábamos un amigo. Tomabas con nosotros cerveza y licor en las noches después de la función de cine, especialmente los viernes cuando los estudiantes regresábamos de Tepic y a la media hora ya listos para vernos en la plaza grande y unos cuantos nos dirigíamos a comprar el barato brandy Algusto con el señor Bartolo González, la bebida especial para estudiantes y amigos pobres. Ya en rueda en nuestro lugar preferido, el monumento a La Bandera por la pequeña calle Juárez, ansiosos descargábamos nuestro desconocido estrés para enfrascarnos en la alegría colectiva, por sabernos escuchados al estar un poco lejos de los problemas familiares y sobre todo por el despertar a la hermosura de las mujeres. Lentamente de a uno en uno nos íbamos alejando de la rueda hasta quedarnos los que todavía traíamos rescoldos del dolor y el desencanto. Después de la rueda de amigos en el monumento a La Bandera nos íbamos prendidos al lugar maravilloso donde nuestros cuerpos buscaban calor humano de mujer. El detonante fue la película de John Travolta y Karen Lynn en “Fiebre de sábado por la noche”, con las canciones de los Bee Gees. Nos sentíamos parte de la historia y teníamos en pedazo de drama al igual que los artistas. De pronto nos convertíamos en bailarines fenomenales siguiendo el pegajoso y romántico ritmo de “Sobreviviendo” y “Fiebre Nocturna”. Cacarito fue el primero de Ixtlán que vio la película cuando la exhibieron en Guadalajara. En una noche se nos apareció afuera del Apolo XI para contarnos paso a paso la historia de Tony Manero y la manera de bailar. Nosotros absortos no perdíamos detalles, y menos cuando en plena calle iba y venía bailando. Se había aprendido todos los pasos sensuales y nuevos; algo que nosotros esperábamos para darle vida a nuestras pobrezas. Ya no fuimos los mismos y la discoteque nos recibía con su insólita pista octagonal llena de luces entre madera y duro plástico. Luces en movimiento y el humo que atosigaba, pero nos perdía por momentos mientras la cabina de mando musical lanzaba al ruedo las canciones de la película. Disco Inferno de Los Trammps nos aceleraba el corazón y las manos y las piernas. Luces que te registraban el rostro y la claridad del sonido que te hacían las horas tratables del adolescente intenso en el ambiente de amigos. Cacarito era nuestra atracción por los pasos copiados a Tony. Tocar y llevar a la mujer en la danza del pop como ritos tribales en el amanecer con la luna sobre nuestras cabezas. El vestuario eran camisas coloridas de cuello largo y duro, pantalón ceñido y negro y para rematar una chamarra de plástico negro o de cuero, según la pobreza del bailarín. No sé cómo conseguí el vestuario para seguir soñando en el lugar exacto. Los sábados se convirtieron en la procesión musical y los tragos compartidos era las noches intensas cuando al igual que Tony nos salíamos a caminar y luchar para enamorarnos. Derramábamos lágrimas por los amores no correspondidos por culpa de los personajes mal copiados. Éramos la burda imitación porque no vivíamos en Nueva York. Nuestros refugios eran las dos plazas, la de Eulogio Parra y Justo Barajas. Carlos “El Mantecas”, José Luís “El Tequilita”, César Landeros, Meza Olmos tomando y con la gigante grabadora que José Luís tenía con audífonos que nos pasábamos horas y horas escuchando las canciones preferidas. Nuestra vida eran las desveladas y el fútbol. Cacarito se enamoraba y de pronto nos brotaba llorando por los sinsabores y las contradicciones del amor. Nos refugiábamos en el templo musical pero también en una lonchería de un tipo que se vestía de negro y era de lo más tacaño. El lugar estaba a la vuelta del billar de Los Rosas. Andábamos en todos lados en los cerros, en las maltrechas y oscuras calles, en las entradas y salidas; en el despedir y recibir amigos, pidiendo cigarros a los pasajeros a las cinco de la mañana platicando nuestras desventuras y las desdichas. La película se convirtió en un icono de vida y nos conmocionó a todos, pero, más a Salvador. De pronto sale otra película y Cacarito se desaparece. A los pocos días lo vemos y rápido nos cuenta la nueva historia de “Vaselina” con nuestro ídolo y Olivia Newton John. Trae ya el peinado como Travolta y soñamos por emularlo. Nuevos pasos de baile, gestos y articulaciones en el mundo musical de los viernes y sábados. La canción “Grease” se escucha en las bocinas de nuestro corazón y nos sentimos Danny Zuko con el pelo relamido y mirada pícara y vamos en busca de Sandy siguiendo las recetas de la película y nos volvemos pandillas y la moda nos embarga, pero nadie tenía coche como los pandilleros “Thunder Birds”. Seguíamos en “Noches de Verano” y Cacarito metido con sus alegrías, sus miedos a contagiarnos, al indispensable de sus amigos. Estoy tan seguro que sigues bailando en la pista aquella con la luna llena en movimiento de luces de colores y espejos resplandecientes sobre nuestras cabezas.