POR; RIGOBERTO GUZMÀN ARCE RIUS

Cursó hasta quinto año de primaria y publicó 110 libros, Marx para principiantes (1972) se convirtió en un Best Seller mundial con tiraje de un millón de ejemplares y traducido a varios idiomas; anduvo de oficio en oficio hasta que le encontró sentido a la vida por medio de la caricatura que fue el padre de los monitos y moneros, en su tercera generación y recargados. Disfruté su humor blanco y negro, al mordaz que educa y el ácido que reflexiona. El título del libro y el principio de la lectura que era su contraportada, con su biografía resumida y su autorretrato. Contaba el jerarca cultural Carlos Monsiváis que Eduardo del Río García, era mejor para educar, que toda la bola de inservibles de la Secretaría de Educación Pública. “Rius” nos ponía a pensar con los compendios, los profundos ensayos de temas fundamentales como la política, la historia, la filosofía, la religión, el medio ambiente, la alimentación, medicina. A todo le encontraba que éramos esclavos de los poderosos. Basados en la exhaustiva bibliografía, nos ponía a consideración en sus escritos de manera fácil, amena, digerible por medio de ataques de risa para descubrirnos nuestra alma mexicana del martirio genético del ADN priista, la esclavitud del catolicismo, para que se nos quitara lo agachado. Épicas aquellas revistas de Los Supermachos, editorial Meridiano 1965, época del presidente Gustavo Díaz Ordaz; cuando los personajes eran los de cualquier pueblo del país, San Garabato donde el cura, el cacique don Perpetuo del Rosal, la beata doña Eme, el indígena Calzonzin con una cobija, el policía, el maestro, el boticario; nombres comunes, la rutina del poder sobre las personas, cuestionando la indolencia, apatías y nos llevaba al razonamiento que no por culpa de designios celestiales ni partidistas de que estemos tan jodidos. Nosotros somos los responsables por dejados, por gastar el cerebro en puras ociosidades. De igual forma en la otra revista Los Agachados cuestionando de manera didáctica temas controvertidos y utilizaba el método científico para que fuera una herramienta que yo como joven aprendí más por Rius que por los contenidos de los libros oficiales, que no cuestionaban nada, pura verborrea y nada de profundidad, el sistema que aplicaba la cultura del conformismo. Rius inició a sus 21 años a publicar en la revista Ja-Jà, la ruta fértil del didacta, pedagogo de masas y se metió a vericuetos con su primer libro Cuba para principiantes en 1966. Largo peregrinar por las librerías para adquirir con tantas dificultades los libros que nos dejaban huellas como El manual del perfecto ateo, una bomba que explotó en mi familia al grado que me había convertido en demonio, cuando antes era un niño obediente llamado Beto. Los amigos que coincidíamos en mentalidades y cuestionábamos cada cosa, nos hicimos fervientes admiradores de su obra y feligreses de la capacidad dialéctica. Cuando llegaron los tiempos de discusiones en calles, plazas y aulas nadie podía refutarnos a la plaga que había nacido en la creatividad, lo soez de su estilo y el lenguaje sencillo para entender escabrosos temas. Recuerdo la avidez de leer hasta de una sola hojeada sus libros que se hicieron indispensables para mi incipiente biblioteca. Me sirvió hasta para enamorar mujeres, Rius y Pablo Neruda mis aliados culturales. Largo citar sus libros, me llena de melancolía. Tengo un pesar enorme en este momento cuando en Facebook, antes de viajar a Tepic, leo en El Financiero la muerte de Eduardo del Rìo en Tepoztlán, Morelos a sus 83 años. Un dìa triste que surgen a borbotones las noticias en todos los medios, particularmente en los muros avanzados que estoy leyendo y cada noticia trae evocaciones, caricaturas y los sencillos homenajes que está en el centro del corazón de todos los que lo leímos. En una feria del libro en Guadalajara 1992, tuve la oportunidad de conocerlo, llegó a la sala atestada de sus creyentes, ingresó solo y me vio y nos saludamos con afecto. Me dedicó el libro que era la novedad 500 años fregados, pero cristianos y me escribió: “para el Canica alias Rigoberto Guzmàn, con saludos perestroikos (ni modo) viva Cuba, (Fidel no sé)”. Una muestra que nunca fue dogmático, porque era un ferviente de la revolución cubana, pero después se dio cuenta que se había perdido la chispa y que solamente era una burocracia. La noticia fue como un fantasma en los espectros, pronto nos llenamos de recuerdos. Me sentí triste, pero su obra permanece, con Carmen Aristegui en CNN, se le dedicaron dos programas, una entrevista que se le hizo en el año 2010, cuando publica un libro de que refuta que no hubo Independencia ni Revolución, así como se maneja en los festejos de Calderón. En diciembre recibió el homenaje con el premio Gabriel Vargas en el Museo del Estanquillo de la Ciudad de México, y como siempre con el humor negro dijo que ya le quedaba poco tiempo de vida, tenía cáncer terminal y ya sabía que se iba a morir. Tuvo tiempo de publicar su última obra, mayo, dedicada a las tarugadas de los presidentes que hemos tenido y remata con uno con Peña Nieto. En una librería de la plaza Fórum, lo compro, 99 pesos: “Los presidentes dan pena”, lo tengo, lo abro, lo hojeo, me rìo y me enfrasco mucho a mis tiempos de adolescencia y creo que mi llama rebelde, todavía no se me extingue ni el ejemplo de Rius, que le robé su firma para que sirviera de revisión como maestro que fui. Homenaje en mis relatos de pasión, gracias Rius por quitarme lo mensolaco.