RIGOBERTO GUZMÀN ARCE

                                                 OTOÑO

“Llegas suave, tu amarillo de miradas, la tenue luz y el viento que te delata en tu lindo y venturoso vestido de otoño. Siempre te reconozco por la flor en tu pelo, el lindo caminar como versos de amor, la poesía plena que me hace estremecer mis sueños y se tornan desvelos por la impotencia de no tenerte y sentirte cerca de mí.”. Así inicia el poema al otoño, mi corazón es hijo de estaciones, también sabe vivir de esta manera. Ayer un atardecer hermoso, colorido, busqué tener el tiempo suficiente para capturarlo, pero hay veces que me consume el tiempo. Son los riesgos que hay que pagar vivir en sociedad, me gusta admirar los fenómenos naturales, estoy en momentos agitados, todavía aquí anda septiembre acechando territorios desconocidos, creí que podría soportar todo, pero hay cosas que intentan abrirme como una daga mis recuerdos. Prefiero estar agitado que deprimido. Llega el otoño con sus vestidos al viento, la cabellera ondulante y los versos que me producen felicidad, aquí íntima, dónde se vive con resplandores y la llamarada está tenue, pero existe, la constelación de vivencias es la herencia que conservo lindamente. Así también llega con la caída de las hojas como besos tuyos. Llega el otoño todavía con lluvias y sinfonía de nubes, se conoce con los pies de tus vientos, apenas asoma tu piel castaña y amarilla. Estás en mi ventana como corona de hojas sueltas como si fueran los principios de mi corazón que escribía tenue y tembloroso.

Me une al pasado una fruta jugosa de gajos abundantes y pulpa cristalina y dulce. Su forma, olor y sabor de aquellas limas en casa de la abuela. Nunca voy a olvidar aquel corral, el naranjo, los ciruelos, el mandarino, el granado y el higo, hasta los tengo en mis sueños y también los patos y sus charcos. Ya no existe nada de la casa grande de la calle Abasolo, pero al cerrar los ojos aquí está, al abrir el corazón. Vuelven las voces, el bullicio, las gallinas arriba de los árboles, mi abuela en su cocina; agua de lima fresca de cántaro con picadillo y frijoles. Los primos corriendo, la inmensidad de nuestras vidas compartidas, sin temor al paso del tiempo. Mis lágrimas. Tengo un árbol, ya es el tiempo de limas grandes y jugosas, cada tarde me como dos o tres, es una rica ceremonia tan agradable que hasta me sirve de terapia. Busco las mejores y son limas chichonas, redonda y ya entre el verde y amarillo, parece racimo de planetas. Corto tres y me siento para contemplar el tiempo, el sonido de la tarde, mientras saboreo lento, con profundo amor a la naturaleza, un momento mágico. Quiero mucho a este árbol porque en instantes de agobio me refugiaba en su sombra y la música, el hermoso corazón de bohemio. Aquí después de comerme lo de hoy, escribo el diario en el otoño que me hace suspirar. Brotan aquellas imágenes poderosas de las tardes cuando éramos siluetas entre los árboles buscando el fruto más grande y ganarlo ante las miradas de furia de los que también buscaban.

Son 18 años y fue en septiembre, por eso escribo con tristeza y agradeciendo, estas sensaciones amargas y dulces, lo que significa la vida y la muerte, lo relativo. Me refugio en los recuerdos. Escribí hace años de esto y lloré tanto que descargué lo que debería de haber hecho, pero no podía. Desde el 5 me voy estremeciendo, llega el 15 y así voy cayendo en un tobogán oscuro y profundo. También las fechas de su cumpleaños, el 4 de marzo, el día de la Madre, del Maestro, Navidad, Año Nuevo. Tanto, mi infancia, mis escritos, su voz, sus ojos y la nobleza y generosidad. Donde se intensifica es estos tres días, desde ayer. Busco no luchar contra ello, aunque hubo años que adormecía mi alma con variaciones, cosas que no me curaban. Llevo varios aniversarios de luto, dejando que se exprese mi corazón. Sigo creyendo que las redes sociales son para unirnos los que estamos cerca o lejos. Hoy se cumple 18 años del fallecimiento físico de mi madre Lola, Dolores, Lolita, la mujer de ojos y alma de paloma.