RIGOBERTO GUZMÀN ARCE

                                                     ODISEA

¡Què rápido pasa el tiempo! ¿Se acuerdan cuando subir el cerro de noche era una odisea? Armados de rústicas antorchas, un bote chilero clavado con un palo de escoba o madero, cubierto de aserrín y petróleo, subíamos el cerro por la calle Mariano Escobedo, cruzando Guillermo Prieto y ya el oscuro territorio, la caravana de los peregrinos que salían bravos, indómitos por la Abasolo y Arista, éramos guerreros de la Edad Media, romanos. La luz venciendo al mal. Cuando días antes a conseguir la logística, las emociones nos agolpaban por buscar el aserrín con los Meza Carrillo, los vecinos de la calle Abasolo; las latas de los chiles jalapeños con don Cayetano o Juanete Manjarrez; el petróleo con El Güero Chencho. La planificación en la banqueta de la Jiménez después de cenar, desgajando imprevistos, las voces de los mayores, ni permiso pedíamos a la familia, porque vale más pedir perdón que permiso. Comenzaba la ceremonia de escalar la montaña negra que bajo sus respiraciones desafiaba y su boquete como la herida que rumiaba. Seguíamos senderos paso a paso titubeantes, agarrados de copales, matorral o nopal seco, arropados en una hilera india, donde el valiente y el mejor iban a los extremos, los débiles en medio. Nos sujetábamos con la mano izquierda o derecha que fuera de acero y astucia para no sufrir los rigores de las resbaladas y el peligro de quemarse por las traicioneras piedras o el pie desorbitado, todos tensos que ante el fragor de la subida reíamos de miedo y los nervios liberados a todos los vientos cuidando las oleadas del fuego en nuestros ojos. La risa atronadora al ser testigos del primer caído y era un escándalo como pericos asustados, los primos, los amigos, todos expuestos al escarnio y a ser el centro de las burlas rutinarias durante los momentos al recordar en la cuadra con la palomilla a los siguientes días del hecho. Como hombres primitivos en la larga marcha por los vericuetos donde las sombras y las luces eran nuestras exploraciones, sensaciones extrañas, con el riesgo de golpearse y fracturarse. Nos deteníamos para tomar de nuevo las respiraciones equilibradas y allá la inmensidad del valle y la pequeña rosa de luces desparramadas estaban a nuestro alcance. Imágenes tan bellas que jamás se han olvidado, por ser hijos de esta tierra agreste y fecunda.

Exhaustos y agradecidos recibíamos los vientos fuertes, densos y fríos de la cumbre y nos hincábamos en el pequeño y humilde altar, su rejilla de fierro y cemento. Ante el monumento rendíamos pleitesía, algunos rezos y sosteniendo la antorcha todavía encendida, nos persignábamos. Un breve descanso y platicas comunes y viene lo bueno…la bajada. La furia de la velocidad y conteniendo los cuerpos, la inercia, el reto de no caer y como bólidos pobres, serpenteamos, más caídas y las risas inundaban la noche constelada con acompañamiento de estrellas o algunas veces la luna que brillaba. Al entrar al caserío que dormitaba, nos sentíamos exploradores, cerronautas, únicos, héroes, los seres invencibles que volverían otra vez.

Llegó el tiempo de adolescencia y de ser aventureros, buscamos subir y bajar a la

naturaleza, en ríos, lagunas, mares y montañas, pero hacía falta estar en la cima de este cerro. La mayoría de la palomilla de amigos éramos estudiantes, siempre con carrilla de baja y alta intensidad. Esperábamos impacientes las fiestas de Cristo Rey con su último domingo, y en la víspera estábamos listos para irnos en bola por los nuevos faroles públicos que estaban en el lado derecho de la colina, nos sosteníamos de ellos y lanzábamos bocanadas de aire caliente ante la inmensidad, eran descansos cortos porque al grito de la orden debíamos seguir para que nadie se quedara atrás, la oscuridad remarcaba nuestros pasos. Preparados con mochilas, lonas y una novedosa casa de campaña hecha y cosida de costales de harina y azúcar por el líder e indómito César Landeros Salas, sus hermanos Meño y Tomy; Dagoberto Hernández; Guillermo Hernández; La Gory Martínez; Carlos Gutiérrez, el Charles Brown, Chava Delgado, Cacarito, Luis Santiago y un puño. Al subir era necesario el agua y pronto a encontrar el lugar adecuado porque acechaban alacranes, culebras y revisábamos las piedras. Esplendidas noches amplias y el murmullo de la vida, y nos encantaba fumar por el frío y contemplando a la muchedumbre y el horizonte luminoso. Después veíamos bajar a algunos para irse a sus casas mientras nos quedábamos unos cuantos. El viento azotaba y nos metíamos todos arrejuntados y las cobijas eran lo más valioso y entre bromas y tonterías se nos iban las horas, se consumían hasta el cansancio. Oíamos el rumor del planeta y sus movimientos. Despertábamos cuando clareaba y de nueva cuenta el regreso, tiritando de frío y la bajada terrible y el valle fresco abrazando los primeros rayos del sol y directos al mercado Morelos para saborear el menudo, las gorditas y el atole según el presupuesto y el hambre. Recibir los regaños y dormir hasta la una de la tarde porque las clases de la Preparatoria eran a las dos.

Al tiempo con la escalinata ya la misa de las cinco de la mañana, y tanta gente alrededor se hizo complicado acampar. Ya por la brecha barrosa en mal estado la gente subía por la parte de atrás del cerro.

Aún recuerdo con verdadera gratitud a mis amigos y el recordar la cabellera y rostro de las mujeres.