Dos de noviembre, fiesta del pueblo mexicano; conjunción de dos culturas, la española y la indígena americana. Creencias de siglos, donde el umbral entre la vida y la muerte se entrelazan; donde los vivos respetan a sus muertos pero también juegan con ellos imitándolos en sus gustos y en sus procederes. Día de ofrendas y de flores; nunca falta el cempasúchil, el pan de muerto y los altares a los muertos. Tampoco las calaveras de azúcar y las calaveras en verso. Esas que con lenguaje florido y con rima le dicen sus verdades al político, al empresario o a cualquiera que viva y transe con la bondad del prójimo.

Dice la Parca a todos cantando:
Aquí vengo llegando,
a Toño vengo buscando;
por dejar gobierno negro
en manos de Montenegro.

No falta música en los panteones; las tumbas se llenan de flores y los rezos flotan por los aires, de aquellos que invocan a sus muertos. Unos van con mucha fe; otros por menear el bote; porque entre cruces y tumbas se arma muy bien el borlote. Es historia reciente de gente que visita sus panteones; que dichas historias perduren, guardando las tradiciones; porque en este mundo matraca, de morir nadie se escapa y; a buen amor y buena muerte, no hay mejor suerte.
Solos mi hermano y un servidor visitando las tumbas de nuestros padres. Mi padre en el Panteón Hidalgo y mi madre en el San Juan. En otra ocasión escribiré, por qué esa separación.

Apostador de Cuacos