RIGOBERTO GUZMÀN ARCE
AQUELLOS PERSONAJES

Unas personas llegaban para comprar vasos que tenía junto a una mesita de madera, bien lavados y como nuevos, que se les extinguían las veladoras por los ruegos y rosarios que el señor reposado tenía en el altar de vírgenes y santos de todas las noches. Vecino del señor de los cuentos, en una de las dos casas estrechas, vivía don Manuel, padre de los hermanos Esparza, aquellos formidables radiotécnicos. Señor chaparrón, con sombrero de estilo campesino, no para fiestas; con su caminar pausado, también muy bueno era para anunciar a pie cualquier acción o desventura. Llegaban llorando algunas madres desamparadas o hermanos incrédulos para rogarle que por favor avisara al barrio y entre las cuadras, el hijo perdido o hermano extraviado. Ya las criaturas tenían más libertad de andar en la calle, se nos iba quitando el miedo al diablo por culpa de la electricidad. Don Manuel preguntaba el nombre, rasgos físicos y tipo de vestimenta que portaba al momento del extravío. Agarraba el rústico megáfono de latón, que posiblemente don Silvino el hojalatero lo había elaborado dando la amplitud de la bocina la acústica elemental para poder distribuir la voz en el caserío. Cuando lo veíamos salir con el arma que ampliaba la palabra, presurosos lo seguíamos a la ruta que presagiaba seguridad ya que nuestros padres sabían que a su lado no podríamos perdernos y era un motivo inmenso de conocer los territorios que rara vez caminábamos. Las calles a esa hora estaban desiertas y los pocos vecinos se asomaban de sus puertas y ventanas como siempre interesados, presentían que era algún hijo de ellos o parientes Primero comenzaba cumpliendo la norma que era el perifoneo en la esquina de su casa, después seguía por la Pila Colorada, proseguía por la tienda de la Noche Buena. Se paraba en la boca calle y comenzaba de nuevo- “Atención, atención, habitantes de estas calles, pongan mucha atención… hoy a las once de la mañana se perdió un niño que responde al nombre de Filiberto Aguayo…tiene ocho años de edad…viste pantalón café y camisa roja con vivos amarillos en las mangas…trae huaraches de correa gruesa y suela desgastada…alguna pista o notificación…por favor en mi domicilio… muchas gracias por la ayuda inmerecida”. Me encantaba y me mortificaba todo el ceremonial. El señor adelante limpiándose el cuello por el calor de las doce del día y atrás como de diez a quince chiquillos todavía con el eco del mensaje. Antes de llegar a la escuela Benemérito, otra vez lanzaba la propagación como una parvada de pájaros y allá iban en el horizonte de las tejas y las nubes al oído del vecino. En el cruce de la Liceaga con Moctezuma a un lado de las peñas y los sembradíos de papa y quelite. Llegamos al Santuario y la calle larga de la Justo Barajas. En momentos que los hombres de la sierra llegaban a con el señor que le dicen “el Bofo” por la calle Ortiz, para que descansaran sus remudas después de bajar temprano cargadas de carbón, de duraznos y granadas de Rosa Blanca. Nuestra travesía y fatiga crecía y algunos niños dejaban el contingente para después alcanzarnos. Donde vendían petróleo en el cruce de la Abasolo. Dos paradas, una en la tienda de don Cayetano y la otra en la esquina de la Allende y Zaragoza. Llegaba el cansancio y para don Manuel, la culminación de su radio de acción. En muchas ocasiones el niño perdido iba entre nosotros.-“Don Manuel, aquí viene un niño que se llama Filiberto Aguayo”. “Ay niños, ¿por qué no me lo señalaron cuándo comenzamos? Me hubieran ahorrado la hablada y la caminada.”
Otro personaje sacado de mi infancia con su guía de madera como si fuera su lazarillo, un palo de escoba que tentaleando paredes, postes, midiendo el vacío de la calle,las banquetas, los batientes y las esquinas. El oído en su máxima reacción para reconocer el movimiento de las bicicletas o los pocos autos. Invidente con su sombrero desgastado y su sonrisa permanente, lo veíamos venir y con júbilo le preguntábamos: “Güiti”, ¿quién soy yo?”, “eres Jesús, patas de elefante y pico de avestruz”, ¿y yo?, “tú eres Federico, manos de chango y mirada de perico”, ¿ y yo, quién soy? Pantaleón, cuerpo de iguana y cabellera de león”. Le tocaba la cabeza al que seguía y “tú te llamas Pedro, cola de gallo y lengua de perro”. De noche me pegaba fiebre por la ardiente imaginación, de la fauna metafórica de los seres imaginarios. No sabía de qué mundo venía y a dónde iba.